Act of Repudiation
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    Las razones de Chanet

    Las razones de Chanet

    Por Jorge Olivera Castillo

    Bitácora Cubana, 5 de octubre de 2006 – La Habana

    Juan Antonio Fernández lo dijo sin medias tintas. Como un tenor en la
    parte alta de una melodía dio muestras de un registro vocal amplio y
    consistente. Su dicción fue inmejorable. El tono no tuvo desafinaciones
    y el desempeño escénico resultó en un revelador manejo de la dramaturgia
    en función de lo que parece otra opereta de feria.

    “La mayor contribución que podría hacer a la defensa de los derechos
    humanos en el futuro sería renunciar a su puesto”.

    Esa fue la respuesta del embajador cubano en Ginebra al informe
    presentado por la Sra. Christine Chanet relacionado con el mandato
    conferido por la Alta Comisionada de Naciones Unidas por los Derechos
    Humanos.

    A juzgar por lo sucedido, no se puede esperar nada novedoso respecto a
    las formas y estilos de ciertos países representados en la recién creada
    entidad.

    El Sr. Fernández se ha encargado de menoscabar las intenciones que
    favorecían una instancia dotada de respetabilidad y un sentido de
    renovación, no sólo semántico, sino de claros matices prácticos.

    No se pueden esperar manzanas del olmo. Tampoco soluciones,
    independientemente de sus especificidades y alcances, rindiéndole culto
    al desplante.

    Es preciso tener en cuenta que los muros no sólo se construyen de
    piedras y cemento.

    Basta con actitudes que excedan la frontera de la cortesía y
    posicionamientos dados en favorecer la crispación para avizorar en
    lontananza la pared que no permite dar un salto a los señoríos del
    entendimiento.

    En este caso se hace imprescindible el servicio de un equipo de expertos
    en demoliciones. No para convertir en escombros el denominado Consejo de
    Derechos Humanos. Su fin radicaría en derribar las suspicacias, el verbo
    malediciente y la ausencia de valentía para aceptar las críticas, más
    cuando se ventilan con un perfil constructivo.

    Es lamentable que estemos en los comienzos de una sucesión de hechos que
    sustraen del recuerdo, refriegas insustanciales, irreverencias vaciadas
    de cordura y desafíos que ponen en ridículo la viabilidad de uno de los
    mecanismos de las Naciones Unidas.

    Para despejar entuertos y quitarle el polvo a las anomalías, es menester
    poner reflectores sobre los más de 300 presos políticos y de conciencia,
    enfocar su deplorable existencia, sacar de las dudas sus padecimientos
    de salud, otorgarle visibilidad al drama de sus familiares.

    Encima de un acto de repudio vale verter un torrente de luz para que
    desde Ginebra se perciba el horror de las víctimas frente a las hordas
    blandiendo el grito como un arma blanca y los golpes perdidos en la
    barahúnda, lozanos e impunes.

    En un rincón con la suerte marchita, la disidencia con sus mensajes
    libres de mezquindades y su insistencia en proponerle al presente y al
    futuro una bocanada de tolerancia y el haz luminoso de la reconciliación.

    Tales descripciones son remedos de la justicia medieval, raptos de
    histeria diseñados en los talleres ideológicos del Partido de gobierno.
    Es el terror cabalgando en las llanuras de la maldad con bríos felinos y
    arrojos alquilados al filibusterismo.

    Eso se niega, se rebaja a la bastedad de la mentira. Un voto a favor de
    la animadversión y a la falta de voluntad para admitir que el pluralismo
    es cultura y decencia, remanso de la razón y semilla de una sociedad,
    sin alardes de perfección, pero a resguardo de los extremos.

    La Sra. Chanet, a pesar de los obstáculos para obtener información in
    situ logra trascender en cuanto a objetividad.

    A la no cooperación oficial responde con una silenciosa e intensa labor
    que lleva el sello de eficacia.

    Las fuentes consultadas no se equivocan. En la Cuba actual pensar
    contracorriente es un acto punible, una transgresión de naturaleza criminal.

    El embajador Fernández se acoge a la misma agenda que hizo de la
    desaparecida Comisión de Derechos Humanos un espacio para fútiles
    batallas verbales y defensas a ultranza que se alejan de posibles arreglos.

    Veremos si el Consejo es apenas una fachada para camuflar las ruinas de
    la Comisión o si en cambio es una institución genuina y respetable.

    Las primeras señales apuntan al descalabro. Quizás en el transcurso de
    las sesiones queden sepultadas las esperanzas.

    Aquí en La Habana se sintió la arenilla que suele preceder a un
    derrumbe. Ojalá sea una falsa alarma.

    http://www.bitacoracubana.com/desdecuba/portada2.php?id=3048

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