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    El Síndrome del Pesimismo Post-totalitario y la recuperación de la esperanza

    11-ago-2007
    El Síndrome del Pesimismo Post-totalitario y la recuperación de la esperanza

    Carlos Alberto Montaner

    LiberPress- Futuro de Cuba.Org- El 27 de junio pasado, con el apoyo del Foro
    Nueva Economía, pronuncié una conferencia en Madrid titulada El futuro
    democrático de Cuba: qué tipo de capitalismo nos aguarda. El tono del texto,
    en general, era optimista, y a muy grandes rasgos -dada la escasa media hora
    de que disponía para desarrollar el tema- dibujé rápidamente lo que puede
    ser un esquema para la transición económica y política de la Isla,
    señalando, de paso, los escollos que hay que evitar en la construcción de
    una verdadera economía de mercado, libre y abierta, mientras se forjan las
    bases de un genuino Estado de derecho dentro de la tradición republicana. La
    reacción de los cubanos a estos papeles fue, grosso modo, positiva. Desde
    Cuba, algunos demócratas de la oposición me hicieron llegar su entusiasta
    conformidad con el texto, y hasta cierto personaje relevante dentro del
    aparato, más importante por sus vínculos familiares que por méritos
    revolucionarios, crítico a media lengua del sistema, se ocupó de repartir
    varios ejemplares entre su círculo de la nomenklatura. Le parecía, y así me
    lo hizo saber, que era un buen camino para escapar de la trampa histórica en
    que el castrismo los dejará atrapados cuando se llegue al final de esta
    pesadilla. Naturalmente, también hubo numerosas críticas negativas, dentro y
    fuera de Cuba, en las que se repetía una palabra clave: utopía.
    Aparentemente, nada de esto era realizable. Los cubanos no podían
    transformar la dictadura en democracia. No les sería posible transferir los
    activos en manos del Estado a la sociedad. Les estaba vedado un crecimiento
    enérgico del 10 o 12% anual durante un periodo prolongado tras la
    desaparición del comunismo. Los capitalistas extranjeros caerían sobre el
    país como una bandada de buitres desalmados. Los cubanos, en suma, tras el
    fin de la dictadura no serían capaces de construir un país normal, semejante
    a esas treinta naciones que están al frente del planeta de acuerdo con el
    Indice de Desarrollo Humano que la ONU publica periódicamente. Normal, en
    este contexto, quiere decir democrático, pacífico, próspero, predecible,
    tranquilo, confortable, respetuoso de los derechos individuales, incluidos
    los de propiedad, y amistoso con los países vecinos, rasgos presentes en
    esas treinta naciones aludidas.
    El sueño cubano
    Esa actitud pesimista es, realmente, un fenómeno novedoso en la historia de
    la nación. Si algo había caracterizado a la sociedad cubana desde la época
    de la colonia, era la certeza general de que nos esperaba un futuro
    extraordinario, y que no había obstáculo que no pudiera ser superado con un
    poco de suerte y tesón. ¿De dónde surgía esa confianza? Acaso de una
    experiencia feliz y poco frecuente: los cubanos no conocían la decadencia.
    No se referían a gloriosos tiempos pasados ya irrecuperables. No existía,
    hasta la llegada del castrismo, la noción de que hubo un pasado espléndido
    que habíamos perdido. Lo mejor, invariablemente, se encontraba instalado en
    un horizonte alcanzable. Era una sociedad que miraba hacia el futuro.¿Por
    qué esa actitud? Acaso por lo siguiente: los cubanos, paulatinamente,
    siempre habían estado "un poco mejor", lo que generaba unas razonables
    expectativas de progreso personal y colectivo. Como regla general, el nieto
    estaba mejor educado y vivía mejor que su padre, mientras el padre estaba
    mejor educado y vivía mejor que el abuelo. El propio paisaje urbano les
    confirmaba a los cubanos esa convicción risueña de que el porvenir podía ser
    extraordinario. Las casas, los caminos, las ciudades, mejoraban con el
    transcurso del tiempo. La modernidad y el progreso solían llegar con
    celeridad: el tren, el telégrafo, el teléfono, la electricidad, los autos,
    la aviación. La disponibilidad de los bienes de consumo aumentaba
    constantemente: el agua, la alimentación, el vestido, el transporte y las
    posibilidades de viajar. La estructura social, además, era permeable y
    flexible. Se podía comenzar en alpargatas, como tantos criollos e
    inmigrantes, y terminar en una casa confortable rodeado de comodidades. El
    mensaje que históricamente emitía la realidad isleña era obvio: Cuba era un
    país con futuro. El devenir era benévolo, prometedor. Eso generaba una
    comprensible sensación de optimismo. Por supuesto que hubo contramarchas y
    Cuba sufrió leyes y gobiernos injustos durante la Colonia (junto a otros muy
    constructivos y benéficos), y debió enfrentar ataques de piratas y ciclones
    devastadores. Es verdad que a veces se desplomaba el precio del azúcar o se
    contraía el comercio internacional y los cubanos padecían las consecuencias.
    ¿Quién puede ignorar que en suelo cubano se libraron guerras internacionales
    y La Habana se llenó de imprevistos ingleses? Nadie puede negar que había
    bolsones de pobreza y desempleo (cada vez menores), o que a la infame
    esclavitud, terminada en fecha tan tardía como 1886, evolucionó hacia un
    hiriente racismo que no se extinguió con el surgimiento y desarrollo de la
    república, sino se prolongó en exclusiones y desigualdad de oportunidades
    para la población negra. No es falso que hubo etapas graves y convulsas tras
    la independencia -violencia, golpes militares, corrupción, gansterismo,
    dictaduras-, que generaron toda una valiosa literatura crítica calificada
    como "pesimismo republicano", en la que comparecen nombres como los de
    Enrique José Varona, Fernando Ortiz y Jorge Mañach -entre otros-, pero ese
    examen sombrío y generalmente acertado de los males que aquejaban el
    funcionamiento institucional del país no trascendía de ciertos medios
    académicos e intelectuales muy limitados. En todo caso, eran incidentes
    controlables o periodos relativamente breves, a veces trascurridos en medio
    de buenas circunstancias económicas, invariablemente seguidos por ciclos de
    recuperación impetuosa, lo que nos llevó a acuñar un sobrenombre auspicioso
    para la nación: "la isla de corcho". Ello explica que, hasta la llegada de
    Castro, Cuba fue siempre un receptor neto de inmigrantes. Era un espacio
    humano prometedor, del que no tenía mucho sentido huir, dado que era posible
    trazar objetivos vitales ambiciosos y alcanzarlos. Había, pues, un "sueño
    cubano", como pueden dar testimonio cientos de miles de inmigrantes europeos
    o caribeños que llegaban a la Isla en busca de formas de vida superiores a
    las que podían alcanzar en sus países de origen.
    La desaparición de la esperanza
    Paradójicamente, esa noción de isla de corcho, asiento de esperanzas y de
    una vida mejor para nativos y extranjeros, se vino abajo como consecuencia
    del más optimista de los cubanos: Fidel Castro. Incluso, es posible que el
    desbordado optimismo de Fidel Castro haya sido el causante del surgimiento
    del pesimismo en el resto de sus compatriotas. Me explico: Fidel Castro
    creía que con un grupo de jóvenes sin disciplina ni adiestrami
    ento militar,
    como había sucedido en la lucha contra Machado, podía derrotar a la
    dictadura de Batista, y lo logró. Pero a partir de ese triunfo notable, no
    exento de heroísmo, el resto de sus objetivos fracasaron uno tras otro,
    mientras se demostraba que sus creencias no eran más que supersticiones
    absurdas. Fidel Castro, dispuesto a convertir la Isla en una potencia
    económica, creía que él sabía mejor que el resto de los cubanos qué
    producir, cómo producir y a qué precio, y sustituyó violentamente el modelo
    económico basado en la propiedad privada y el mercado por el colectivismo
    planificado que preconizaban los marxistas. Creía que las desdichas
    políticas de los cubanos se debían a la "división" y la politiquería
    producidas por la democracia plural e instituyó un régimen monopartidista de
    voz única y obediencia vertical que nos traería la felicidad colectiva.
    Creía, en 1959, que en una década (como explicó el Che Guevara en Punta del
    Este, Uruguay, en 1961) Cuba sería un país industrializado y tendría un
    nivel de desarrollo similar al de Estados Unidos. Creía que Estados Unidos y
    los países capitalistas colapsarían en medio de una catástrofe económica
    imparable. Creía que el comunismo y la URSS eran el futuro de la humanidad.
    Creía que él iba a ser la cabeza del tercer mundo en la nueva etapa
    post-capitalista, y mandó sus ejércitos a África y sus guerrillas,
    terroristas y agentes a todas partes para apuntalar ese destino luminoso.
    Creía que transformaría a Cuba en una potencia científica en donde se
    curarían el cáncer, el SIDA y otras calamidades. Creía, en fin, en muchas
    cosas tontas y desproporcionadas que sólo suscriben los optimistas
    patológicos aquejados de narcisismo, incapaces de dudar, sin darse cuenta
    que sólo era un abogadillo mediocre, propenso a la violencia, intimidador,
    audaz y sin escrúpulos, aunque naturalmente carismático e inteligente,
    insoportablemente locuaz, con un débil instinto laboral, que había adquirido
    sus ideas de la historia y de la economía en medio de unas elementales
    tertulias políticas, enrarecidas por el humo de los habanos y los golpes de
    cafeína, junto a personas sintonizadas en la misma tesitura cultural,
    política y moral. Esos delirios, claro, tuvieron consecuencias gravísimas
    cuando se convirtieron en medidas de gobierno. Durante casi medio siglo los
    cubanos aprendieron una nueva y dolorosa lección: el país se hundía
    progresivamente. El gobierno más largo de la historia de América -casi medio
    siglo-, pese a tener todos los recursos a su disposición, lejos de resolver
    los problemas materiales de la sociedad, los había agravado. El agua, la
    vivienda, el suministro de electricidad, los teléfonos, el transporte, la
    comida y el vestido se volvieron una insondable tragedia personal y
    familiar. No había oportunidades laborales valiosas, bien remuneradas y
    libremente elegidas. Todas las promesas resultaban incumplidas. Todo estaba
    racionado o era inalcanzable. De nada servía ser una persona brillante,
    adquirir un título universitario o esforzarse en el trabajo. Tener una
    personalidad creativa y emprendedora, lejos de ser una bondad natural
    conducente al éxito, se convertía en un foco de conflictos con los
    comisarios. Si algo bueno existía, sólo estaba disponible para la clase
    dirigente o los extranjeros. Todavía hoy, el 26 de julio pasado, Raúl
    Castro, como si fuera la luna, después de medio siglo de gobierno, prometía
    que los niños mayores de 7 años podrían tomar leche en el futuro. Esa
    fracasada experiencia, sufrida interrumpidamente y durante tanto tiempo, se
    convirtió en una devastadora expectativa personal: no había esperanzas,
    salvo la de emigrar por cualquier procedimiento. Tres sucesivas generaciones
    de cubanos aprendieron la peor de las lecciones que puede interiorizar una
    sociedad: no hay un mañana mejor. Todo, incluso, puede empeorar. No es
    posible la superación. La vida es esa cosa miserable y mugrienta que
    transcurre en medio de arengas y marchas patrióticas bajo un sol implacable.
    Los jóvenes cubanos de los años setenta vivieron peor que los de los
    sesenta. Los de los ochenta, peor que los de los setenta. Los de los
    noventa, en la primera mitad, llegaron a pasar hambre. Por supuesto que el
    responsable de ese minucioso desastre eran el sistema y el torpe supremo
    administrador que señalaba las directrices y daba las órdenes, pero el
    juicio final a que llegaban los cubanos era otro: Cuba era inviable. De una
    isla de corcho, había pasado a ser una isla de plomo, hundida sin remedio en
    el Caribe.
    La desconfianza en el otro
    Pero todavía existía otro componente más doloroso: no sólo Cuba era inviable
    a los ojos de muchas personas. Los cubanos, en general, pertenecían a una
    especie humana deplorable. Mentían o simulaban para poder sobrevivir. Todo
    el mundo comenzó a hablar de la doble moral como algo natural. Cada hogar se
    convirtió en un centro de adiestramiento para la mentira. Los padres les
    enseñaban a sus hijos a ocultar sus emociones y sus creencias "para que no
    se metieran en problemas". Todo el mundo mentía para salvarse, pero a veces
    la conducta era aún más censurable: el régimen convirtió a los cubanos en
    chivatos. Lichi Diego contó en un libro desgarrador como la Seguridad lo
    reclutó para que espiara y delatara a su padre, el gran poeta Eliseo Diego.
    Cientos de miles de cubanos se convirtieron en informantes contra otros
    cubanos. Por primera vez, incluso, un régimen político se arrogó el derecho
    a controlar la intimidad afectiva de los ciudadanos. Fidel Castro decretó
    que no se podían tener relaciones amistosas con los familiares y amigos que
    escapaban del país o rechazaban al comunismo. Ni siquiera se podía tener
    contactos con ellos. Padres, hijos y hermanos, aterrorizados por la
    represión, interrumpieron sus relaciones familiares y personales a un
    chasquido de los dedos del dictador. La dictadura no sólo era dueña del
    quehacer de los cubanos: se había atrevido a más, se había apoderado del
    querer de los cubanos. ¿Qué le ocurría al que se rebelaba contra esta
    barbarie represiva o, simplemente, protestaba? El gobierno sabía cómo
    manejarlo: se le acosaba y asustaba, pero si se mantenía firme le lanzaba
    las turbas en pogromos violentos y repugnantes. Si insistía, era la cárcel
    lo que le esperaba, o el paredón si parecía demasiado peligroso. No
    obstante, casi siempre el "acto de repudio" era suficiente. Era otra vuelta
    a la tuerca: del informe y la delación se pasaba a la agresión física
    colectiva. El acto de repudio tenía dos fines: aterrorizar al desafecto para
    desalentar conductas parecidas e involucrar a la sociedad en la represión.
    Ser revolucionario era mancharse las manos de sangre. Cuando el régimen
    quiere acosar a los hermanos Arcos para dar un ejemplo, les manda una turba
    dirigida por Roberto Robaina y Felipe Pérez Roque, entonces muy jóvenes. Y
    cuando quiere fusilar al general Arnaldo Ochoa y al coronel Tony de la

    Guardia hace que la plana mayor del Ejército firme la sentencia de muerte.
    ¿Cómo extrañarse, pues, de que surgiera en la sociedad una invencible
    desconfianza en el otro? El otro era peligroso. El otro podía destrozarnos.
    No sólo Cuba era inviable. Se abrió paso la noción de que los cubanos
    tampoco eran viables como conciudadanos. Los cubanos, aunque nunca hubieran
    oído hablar de Robert Putnam, ni hubieran leído una sola línea suya, intuían
    que una sociedad es tan buena como el capital social que posee. ¿Cómo creer
    que con ese capital social tan deleznable, hecho de delatores, matones y
    mentirosos, se podía construir una sociedad grata, respetuosa con el
    prójimo, hospitalaria y amable, en la que valiera la pena criar a una
    familia? Por eso el pesimismo arraigó firmemente en el pecho de los cubanos.
    De un estereotipo feliz -el cubano valiente, amigo de sus amigos, siempre
    dispuesto a defender gallardamente sus ideas- se pasó al estereotipo
    negativo: el cubano era un personajillo sigiloso y mendaz, artero y traidor,
    capaz de cualquier cosa, en el que no se podía confiar.El síndrome del
    pesimismo post-totalitarioÉse es, exactamente, el origen del síndrome del
    pesimismo post-totalitario. Las sociedades que abandonan la experiencia
    comunista lo hacen profundamente laceradas por la experiencia. Raúl Rivero
    ha titulado un libro bellísimo y doloroso de crónicas periodísticas con una
    frase elocuente: Lesiones de historia. Quienes pasan por esta experiencia
    quedan lesionados y la recuperación es lenta y difícil. Algo parecido se
    observa en los países de Europa del Este que liquidaron el comunismo. La
    sociedad saluda la llegada de la democracia con cierto escepticismo y sin
    entusiasmos partidistas. Está satisfecha de enterrar la pesadilla, pero no
    quiere oír promesas políticas porque no cree en ninguna. Le han extirpado la
    facultad de soñar con un futuro feliz. El abusivo ejercicio del poder
    durante tantas décadas en la Europa comunista, aún cuando el desempeño
    económico no haya sido tan torpe como el de Cuba, les ha cauterizado a las
    personas la capacidad de ilusionarse. Es como aquella página terrible de
    Víctor Frankl en la que cuenta como, tras ser liberado por los aliados del
    campo de concentración en el que los nazis lo habían internado por su
    condición de judío, y en el que había muerto toda su familia, descubrió que
    había perdido la capacidad de alegrarse e, incluso, de reír. Las sociedades
    post-totalitarias, sencillamente, son hurañas, desconfiadas, profundamente
    egoístas, y no albergan demasiadas ilusiones en el futuro.
    La recuperación de la esperanza
    En rigor, esas percepciones, creencias y actitudes son perfectamente
    racionales. Los cubanos no son diferentes a los demás pueblos del planeta.
    Si durante casi cuatro siglos fueron optimistas, es porque tenían razones
    objetivas para ello. Si dejaron de serlo, es porque la realidad los inclinó
    en esa lamentable dirección. Si durante un largo periodo de la historia
    prevalecieron entre los cubanos los valores de la lealtad, la amistad, la
    solidaridad con la familia y los amigos, sin tomar en cuenta sus ideas
    políticas, y se cultivaban el amor por la verdad, el patriotismo y la
    rebeldía contra la injusticia, es porque el costo de mantener esa estructura
    ética era aceptable. Cuando se hizo incosteable, sencillamente, los cubanos
    adaptaron su comportamiento a las nuevas circunstancias. Hicieron lo mismo
    que los alemanes durante el nazismo, los españoles bajo el franquismo y casi
    todos los habitantes de Europa del Este en la larga etapa comunista. Fue en
    España, y de la boca de un militar, donde escuché este dictum melancólico:
    "uno es tan valiente como lo permite el grado de ferocidad de su enemigo".
    En todo caso, el hecho verificable de que las circunstancias materiales
    modificaron el comportamiento de los cubanos -aseveración en la que estarán
    muy de acuerdo los marxistas- nos indica algo bastante obvio: cuando cambien
    las circunstancias materiales, paulatinamente volverá a modificarse la
    conducta de los cubanos y eso, en su momento, generará un nuevo caudal de
    ilusiones y pondrá fin al Síndrome del pesimismo post-totalitario. El alemán
    roto y desesperanzado que deambulaba entre las ruinas de su país en 1945,
    convencido de que pertenecía a una sociedad maldita y a un país fracasado,
    no tiene nada que ver con el que hoy habita en la opulenta y orgullosa
    Alemania. Fenómeno parecido a lo que está sucediendo en la Europa ex
    comunista donde, tras la sacudida inicial, y tras un primer periodo confuso
    y convulso en el que las generaciones más viejas tuvieron que enfrentarse a
    la incertidumbre de los cambios y a una reducción de su ya entonces pobre
    consumo, poco a poco, y a desigual velocidad, dependiendo del éxito local de
    la transición, las personas han ido recuperando los valores de la libertad,
    y son muy pocos los que quisieran volver a los viejos tiempos comunistas de
    palo, tentetieso y colectivismo. A nadie, salvo que sea un psicópata, le
    gusta mentir. Mentir es un acto tan contra natura que cuando lo realizamos
    se produce una enérgica reacción corporal que registran los detectores:
    aumenta la sudoración, nos cambia la voz, se aceleran las palpitaciones, se
    enrojece la piel. Es obvio: no estamos fisiológicamente preparados para
    fingir. Lo natural es decir la verdad. La impostura, como señalan los
    psicólogos de la corriente humanista, genera neurosis que se somatizan como
    un profundo malestar emocional. No obstante, bajo el estrés totalitario,
    presionada por el sistema, la gente miente, finge y, por supuesto, sufre
    callada y amargamente. A nadie, salvo a un malvado congénito o un energúmeno
    incontrolable, le puede gustar acosar a una persona indefensa y humillarla o
    golpearla, como sucede en los pogromos, ya sean los efectuados por los
    cosacos en Rusia, los nazis en Berlín o las turbas del partido comunista en
    La Habana. Nadie en su fuero interno, aunque milite en el partido comunista,
    puede justificar que se le obligue a renunciar al trato con sus padres,
    hermanos o amigos invocando unos torcidos principios revolucionarios, o que
    lo priven de leer lo que desee, escuchar la música que le satisface o
    contemplar el cine o la televisión que más le gusta. En suma: es más fácil
    desterrar las actitudes violentas y las conductas represivas impuestas por
    las dictaduras totalitarias que haberlas adoptado dócilmente. La libertad,
    administrada por métodos democráticos, genera una atmósfera vital y
    psicológica mucho más placentera. Y cuando en esa atmósfera surgen
    crecientes oportunidades económicas y las personas pueden hacer planes
    alcanzables a largo plazo, la reacción natural es la recuperación de la
    confianza en el país y un juicio más benévolo sobre los otros. Los cubanos
    volverán a creer en Cuba, y volverán a creer en sus compatriotas, cuando el
    país pueda mirar el futuro con ilusión, y cuando no teman al otro porque el
    otro ha dejado de hacerle daño. Tal vez ese momento mágico no tarde
    excesivamente. Los cubanos, muy cansados, desean fundirse en un nuevo abrazo
    y volver a
    empezar. Parece que ya es hora.

    Conferencia presentada en la Association for the Study of the Cuban Economy
    (ASCE)17 th Annual Conference. Miami, 2 al 4 de agosto del 2007

    http://liberpress.blogspot.com/

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