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    Cuando se unieron la historia y el histrionismo

    Chibás, Historia, Prensa,

    Cuando se unieron la historia y el histrionismo

    Un disparo único de arma corta fue el detonante de una crisis nacional
    que aún persiste

    Alejandro Armengol, Miami | 14/06/2011

    En 1951, Aureliano Sánchez Arango, ministro de Educación del gobierno
    Auténtico de Carlos Prío Socarrás, acusó a Eduardo R. Chibás —el
    político cubano más popular del momento— de especular con el café y
    explotar a los campesinos. Chibás, al frente del Partido Ortodoxo,
    respondió con otra denuncia: el ministro estaba enriqueciéndose con los
    fondos del desayuno y material escolar y con el dinero sustraído de la
    construcción de un reparto en Guatemala. Luego, al no poder demostrar
    los cargos, Chibás amplió su ataque. Argumentó que el verdadero negocio
    guatemalteco del ministro y el Prío era el establecimiento de
    un imperio maderero.

    Ante la imposibilidad de probar sus acusaciones, Chibás se disparó un
    tiro en el bajo vientre el 5 de agosto de ese año. Murió 11 días más
    tarde. Su entierro ?convertido en una demostración masiva de repudio al
    gobierno auténtico? hizo que Prío estuviera listo para la fuga, temeroso
    de que la manifestación de duelo se dirigiera al Palacio Presidencial.

    El suicidio de Chibás abrió las puertas al golpe de Estado de Fulgencio
    Batista, que se produce unos meses más tarde. Lo ocurrido esa tarde de
    domingo galvanizó la situación que llevó a Fidel Castro al poder. Un
    disparo único de arma corta fue el detonante de una crisis nacional que
    aún persiste.

    Hay un par de detalles en este hecho trágico que merecen mencionarse.
    Chibás se suicida durante la transmisión de su popular programa radial.
    Luego, la revista Bohemia publica en portada la imagen del cadáver del
    político con un ejemplar de la publicación colocado sobre el pecho,
    entre sus manos inertes. El título de portada: Con el último ejemplar de
    Bohemia entre sus manos.

    El alcance de estos dos detalles, a primera vista anecdóticos,
    trasciende lo ocurrido por aquellos días. El suceso real se convierte en
    parábola para marcar el destino de la nación, por una vía iniciada con
    anterioridad, pero que a partir de este momento será definitoria: la
    como recurso socorrido para zanjar una disputa (en este caso
    Chibás la ejerce contra sí mismo, pero por lo general será contra el
    otro). Antes de Fidel Castro, sectores radicales del Autenticismo y la
    Ortodoxia se inclinaron a favor de la violencia política.

    El factor emocional —llevado al extremo del irracionalismo— como
    estímulo para impulsar la actitud ciudadana.

    La foto de portada de la revista Bohemia no es un hecho aislado. Muchas
    de las imágenes de esta publicación, aparecidas durante los intervalos
    sin censura tras la instauración de la dictadura de Fulgencio Batista, y
    especialmente en los tres números especiales editados luego del primero
    de enero de 1959, jugarán un papel primordial en el acondicionamiento de
    estado de ánimo nacional que será aprovechado al máximo por Castro. No
    es que las imágenes no fueran reales. Desgraciadamente lo eran. Pero su
    explotación con fines sensacionalistas contribuyeron a la aceptación o
    asimilación de un orden que poco a poco —o a veces de forma vertiginosa—
    se impuso como una salida a la crisis del país.

    No se trata de una causa fundamental para que Castro llegara al poder y
    permaneciera en él —y en cierta medida aún permanezca— por casi
    cincuenta años, pero es un elemento más, y muy importante, entre los que
    coadyuvaron a su triunfo.

    En última instancia, el uso de la violencia, para reprimir a la
    oposición, fue lo que llevó a la caída del régimen de Batista, como ha
    señalado el profesor Jorge Domínguez. Esta violencia fue el recurso
    empleado frente a la ilegitimidad del gobierno establecido tras el golpe
    de Estado de 1952.

    El problema de la débil legitimidad gubernamental antecede al acto de
    Batista, porque tiene sus raíces en la corrupción rampante y en la
    relativa incapacidad de dos instituciones establecidas por la
    Constitución para el desarrollo del Estado de derecho y el avance
    político del país: la Corte Suprema y el Congreso.

    Tras el 10 de marzo, el camino electoral con Batista en el poder es cada
    vez más cuestionado. Unas elecciones celebradas bajo su Gobierno no son
    percibidas como fuente de legitimidad. No es por gusto, por otra parte,
    que en un primer momento Castro acuda a la figura de un magistrado,
    Manuel Urrutia, para otorgarle ese viso de legitimidad que necesitaba en
    un primer momento, mientras afianza su poder.

    La explicación a este hecho es relativamente sencilla cuando se mira
    solo a las cifras, pero mucho más compleja cuando se trata de comprender
    cómo estos números, al tiempo que son reales, paradójicamente no se
    ajustan a la realidad.

    A finales de 1957, a un año de tomar el poder, Castro contaba con menos
    de 300 hombres bajo las armas. Al año siguiente lanza dos columnas
    invasoras, cada una con menos de 150 hombres. Pese a los paralelos
    históricos que el Gobierno de La Habana se ha empeñado en mantener a lo
    largo de los años, dichas fuerzas y los combates que sostuvieron no se
    comparan con la campaña de la invasión llevada a cabo durante la Guerra
    de Independencia. No es hasta el otoño de 1958, a pocos meses de su
    triunfo, que las fuerzas revolucionarias comienzan realmente a hacer
    mella en la economía del país. Hasta entonces las zafras azucareras
    habían sido todo un éxito y el desarrollo económico sostenido (lo que no
    eclipsa la enorme desigualdad de ingresos ni tampoco las injusticias
    sociales). ¿Cómo comprender entonces este éxito que en primer lugar
    desafía el esquema marxista del eslabón más débil?

    Porque además de la mencionada represión, el segundo factor decisivo
    para el triunfo de Castro es el hábil uso de la propaganda.

    La prensa del país, que contaba con 16 periódicos en 1959, un amplio
    número de cadenas de radio y una televisión sumamente avanzada no solo
    fue incapaz de influir para el logro de una solución negociada del
    conflicto, sino que en buena medida ?de forma consciente o inconsciente?
    contribuyó a la victoria castrista.

    Esto no quiere decir que se tratara de un medio cómplice, en la mayoría
    de los casos, en lo que respecta a la prensa cubana (la norteamericana
    es otro asunto), sino que las condiciones del país no lo permitían.

    ¿Existía de hecho la posibilidad de una solución democrática sin Castro?
    En términos políticos generales parecía posible hasta 1956, si Batista
    hubiera mostrado una actitud negociadora similar a la que tuvo a finales
    de la década de 1930, y cedido frente a la idea de una asamblea
    constituyente propugnada por Carlos Márquez Sterling, Jorge Mañach y
    José Pardo Llada, entre otros, pero tras sus declaraciones no había un
    interés genuino de negociar, sino su afán de seguir como “hombre fuerte”
    de la Isla, e incluso quizá hasta 1957 barajó la posibilidad de poder
    mantenerse al mando del Ejército y/o manejando los hilos del poder tras
    las elecciones de 1958. Esta respuesta, además, está condicionada por el
    factor tiempo, y la realidad es que cada mes que pasaba, en los dos
    últimos años de su permanencia en el Palacio Presidencial, su presencia
    no hacía más que abrir a diario un poco más la puerta a Castro.

    En lo que respecta a la prensa, la labor de denuncia de los crímenes
    ?cuando ello era posible? se sumaba a esa conciencia de salir de Batista
    a cualquier precio. Se debe señalar, en este sentido, que desde el
    inicio la táctita de acción y sabotaje cumplía un fin estratégico muy
    preciso: llevar a un aumento del terrorismo de Estado. No se trata, por
    supuesto, de acusar al Movimiento 26 de Julio o a otras organizaciones
    insurrectas de ser directamente culpables de los crímenes de la
    dictadura batistiana, sino de destacar que en Cuba se cumplió con
    precisión matemática un principio del que se han servido numerosos
    movimientos insurreccionales: el terror generalizado.

    Frente a ese terror generalizado, la prensa, censurada en muchas
    ocasiones podía hacer nada o poco. Cuando precisamente el magistrado
    Urrutia, en su función de presidente del tribunal, dictamina que un
    grupo de supervivientes del desembarco del yate Granma, que se
    encontraban presos, fueran absueltos, Batista responde airado y hace que
    el ministro de Justicia establezca una demanda contra el . Entonces
    el conservador Diario de la Marina insta a Batista a que actúe de
    acuerdo a la Constitución y celebre elecciones anticipadas. Pero el
    se mantiene firme en la fecha programada. En otro caso, cuando
    Antonio Buch, jefe de información del 26 de Julio en Santiago de Cuba,
    es arrestado, sus familiares recurren a The New York Times y no a la
    prensa nacional. El diario norteamericano publica una protesta, y es muy
    posible que ésta lo salvara en ese momento de ser ejecutado.

    No siempre, por supuesto, el papel de la prensa nacional fue tan
    limitado. Pese al esfuerzo gubernamental para que no se informara sobre
    el plan de mediación de los obispos cubanos, entre los cuales se
    encontraba Monseñor Pérez Serantes, la información apareció publicada.
    En muchas ocasiones el propio Castro se sirvió de la prensa establecida
    para dar a conocer sus opiniones, incluso cuando estaba “alzado”. Por
    ejemplo, el llamado Manifiesto de la Sierra apareció en las páginas de
    Bohemia.

    Al respecto, vale la pena señalar, aunque entrar en detalles desborda
    los objetivos de este trabajo, que Castro siempre encontró una cálida
    recepción en la prensa norteamericana, y no solo gracias a los famosos
    artículos de Matthews en The New York Times. Sí se puede decir que la
    batalla de propaganda éste la ganó en todo terreno, pero fue en suelo
    norteamericano donde este triunfo resultó más amplio y contribuyó a una
    opinión en el público norteamericano a favor del revolucionario, que
    influyó en que Washington decretara el famoso (sí, hubo otro
    embargo) de armas norteamericanas a Batista. El acceso de la prensa
    norteamericana a los “barbudos” fue tanto facilitado por el Movimiento
    26 de Julio como consentido por La Habana. Al punto de que tan temprano
    como junio de 1957 hubo una protesta, a través del Colegio de
    Periodistas de Cuba, en la que los reporteros se quejaron de la
    facilidad con que contaban sus colegas norteamericanos para ganar acceso
    a la Sierra.

    Como es de esperar, en el periodismo de opinión fue donde la prensa
    cubana tuvo una labor más destacada, en la formación de los criterios de
    la ciudadanía, más que en el desempeño de la función informativa. Basta
    mencionar, por estos años, los nombres de Mañach, Francisco Ichaso,
    Márquez Sterling, Andrés Valdespino, Mario Llerena y Agustín Tamargo en
    la prensa escrita y algunos, en ocasiones también, en la radial y
    televisiva, o comentaristas como Guido García Inclán, Pardo Llada, Luis
    Conte Agüero y Armando García Sifredo.

    Además de una censura que se desempeñaba con mayor o menor rigor en
    dependencia del momento —por ejemplo, a los tres últimos mencionados les
    prohibieron las emisiones radiales diez días antes de las elecciones de
    1954—, esta tarea se realizó en la mayoría de los casos matizada por la
    participación política activa y casi siempre era imposible separar al
    periodista político del político periodista, algo común en la época.

    Este empeño partidista actuó en contra de la creación de un movimiento
    cívico. Como ha señalado la profesora Marifeli Pérez-Stable, los aires
    políticos “nunca consiguieron convertir las chispas del movimiento
    cívico en un fuego que atravesara las llanuras cubanas; la oposición
    moderada nunca logró obligar a Batista a enfrentarse a la fuerza de una
    opinión pública realmente movilizada a favor de elecciones generales
    inmediatas”. Una vez más en la historia de Cuba, la moderación fracasó
    cuando era más necesaria. Terminó por imponerse la violencia. En la
    situación cubana de entonces, en cualquier momento de la historia de la
    Isla —sobreviviente a todos los naufragios, pero sin dejar de ser
    náufraga siempre— quizá resulte injusto exigirle tanto a la prensa. No
    por ello deja de ser lamentable.

    Este texto forma parte de una ponencia presentada en la
    Internacional de la Florida. Una versión abreviada de este artículo fue
    publicada por El Nuevo Herald.

    http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/cuando-se-unieron-la-historia-y-el-histrionismo-264129

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