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    Disidencia – realidad e ilusión

    Publicado el lunes, 09.30.13

    Disidencia: realidad e ilusión
    ALEJANDRO ARMENGOL

    La relación entre el exilio de Miami y la actual oposición en Cuba
    requiere de un análisis que contenga pero no se limite a la efectividad
    dentro de los intentos por lograr la democracia en la isla, y en primera
    instancia una mejora de los derechos humanos.

    Medir el avance de esta oposición –que incluye formas y objetivos
    diversos dentro de una actitud general de rechazo al régimen– por los
    cambios que, gracias a ella, ha experimentado la sociedad cubana en los
    últimos años, es abordar el problema con una visión parcializada.

    En primer lugar debido al hecho de que muchos de estos cambios no son
    debidos a la oposición sino puestos en práctica en un desarrollo
    paralelo a ésta. En segundo porque esta misma oposición, que reclama su
    participación para lograr estos cambios, al mismo tiempo los disminuye o
    desestima, al catalogarlos de “cosméticos”, dentro de una retórica que
    le es necesaria para justificar su presencia: admitir que, aunque sea de
    forma parcial, algunas de sus quejas anteriores ya han sido resueltas:
    liberación de los prisioneros de la “Primavera Negra”, posibilidad de
    entrar y salir del país, eliminación del bloqueo a blogs y sitios en
    internet, ampliación del trabajo por cuenta propia y el permiso a la
    contratación de personal por empleadores privados en determinadas
    categorías.

    Pero por encima de estos aspectos, hay otro que no por evidente deja de
    contener una serie de aristas polémicas al tomarlos en consideración: la
    oposición cubana se define no solo en su circunstancia insular sino en
    su relación internacional.

    Para opositores y exiliados, la forma más fácil de resolver esta
    cuestión es argumentar que, a mayor apoyo internacional, más pierde en
    prestigio el régimen castrista; mayor protección tienen quienes son
    reprimidos arbitrariamente dentro de la isla –ya sea mediante
    detenciones temporales, actos de repudio y acoso, entre otros medios– y
    también aumentan las posibilidades de la condena del régimen en los
    foros internacionales.

    Sin embargo, este argumento contiene puntos débiles, que dificultan sea
    esgrimido sin la mejor duda, salvo cuando obedece a motivos políticos
    elementales.

    Por demasiadas décadas, la sustentación de los vínculos económicos del
    régimen ha estado edificada sobre fundamentos que no guardan relación ni
    con la democracia ni con los derechos humanos, sino con factores
    gubernamentales en donde este factor ocupa un lugar secundario o no se
    toma en cuenta. El embargo estadounidense puede ostentar un récord de
    permanencia, pero poco que alegar en cuanto a efectividad.

    Así que, en última instancia, los logros de la oposición y el exilio en
    este terreno se limitan en muchos casos a la obtención de gestos, que
    también pueden ser catalogados de cosméticos.

    Lo anterior no debe llevar a desconocer u opacar lo que sí constituye el
    mayor logro de esa oposición pacífica en la esfera internacional, y es
    la denuncia de los atropellos que a diario comete el régimen de La
    Habana. Aquí sí ha ido en aumento la eficacia opositora –en parte al
    aumento de quienes se dedican a esta actividad y en parte gracias a los
    avances tecnológicos.

    Como en lo fundamental el otorgamiento de la categoría opositora viene
    dictado no solo por la labor en sí, sino por lo que determinan La Habana
    y Washington, los parámetros para medir la efectividad en muchos casos
    son ajenos a una incidencia dentro de la situación en la isla, y
    responden más bien a una repercusión externa.

    Raúl Castro ha logrado un difícil equilibrio entre represión y reforma.
    Lo ha hecho dilatando la segunda y modificando la primera sin que pierda
    su naturaleza de mantener el terror. Que ese avance se deba a
    circunstancias específicas no disminuye el hecho de que sea real.

    Esta situación de transformación limitada en la isla –con modificaciones
    económicas decretadas por un gobierno que en Miami se detesta y rechaza,
    pero contra el cual se puede hacer poco– presenta un nuevo problema para
    el llamado exilio de “línea dura” de esta ciudad: ¿cómo responder a una
    situación cada vez más alejada de la ideología que la sustentó durante
    tantos años y que se sostiene con el apoyo de las circunstancias del
    momento?, ¿cómo hacer frente al sainete, que ha resultado tan exitoso
    como la epopeya?

    Si hasta el momento es difícil valorar la repercusión que a la larga
    tendrán en la isla las visitas de los disidentes a diversos países (de
    momento se puede decir que nula), es posible que estos viajes tengan
    logros meritorios en conseguir en Miami un mayor acercamiento a la
    realidad cubana. Aunque existe el peligro de que al final se imponga una
    actitud complaciente –e incluso mimética.

    Entonces todo queda reducido en la incorporación de nuevos elementos al
    viejo ejercicio de vender la ilusión, que en esta ciudad ha resultado en
    buenos dividendos económicos para unos pocos. No hay que afirmar que así
    será. Tampoco es bueno desestimar de entrada la tentación de la
    complacencia.

    Source: “ALEJANDRO ARMENGOL: Disidencia: realidad e ilusión – Opinión -
    ElNuevoHerald.com” -
    http://www.elnuevoherald.com/2013/09/30/v-fullstory/1577378/alejandro-armengol-disidencia.html

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