Act of Repudiation
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    Devaluación

    Devaluación
    Nos inculcaron la “promiscuidad revolucionaria” que ellos mismos ya
    practicaban desde la Sierra Maestra y nos incitaron a reírnos de quienes
    hablaban bien, tenían una amplia cultura o mostraban algún tipo de
    refinamiento.
    Yoani Sánchez
    marzo 10, 2014

    Para una célula es difícil mantenerse sana en un organismo enfermo. En
    una sociedad ineficiente, una burbuja de funcionalidad estallaría. Así
    mismo, no pueden potenciarse ciertos valores éticos –seleccionados y
    filtrados- en medio de una debacle de integridad moral. Rescatar códigos
    de conducta social, implica aceptar también aquellos que desentonen con
    la ideología imperante.

    Desde los medios oficiales, nos llaman ahora a recuperar los valores
    perdidos. Según la versión de comentaristas televisivos, la
    responsabilidad del deterioro recae fundamentalmente sobre la familia,
    una parte en la escuela… y ninguna sobre el gobierno. Hablan de mala
    educación, groserías, falta de solidaridad y extensión de malos hábitos
    como el robo, la mentira y la indolencia. En un país donde por medio
    siglo el sistema educativo, toda la prensa y los mecanismos de
    producción y distribución cultural, han sido monopolios de un único
    partido, vale la pena preguntarse ¿de dónde ha surgido tal depauperación?

    Recuerdo que cuando niña nadie se atrevía a dirigirse a otro con el
    calificativo de “señor”, porque resultaba un rezago burgués. Como el
    vocativo “compañero” se asociaba a una posición ideológica, muchos
    comenzamos a llamarnos entonces con nuevas formas. “primo”, “joven”,
    “oye tú”, “puro”… y una larga lista de frases que derivaron en fórmulas
    vulgares. Ahora se quejan en la TV de que somos soeces a la hora de
    dirigirnos a otros, pero… ¿quién empezó ese deterioro?

    El sistema cubano apostó por la ingeniería social, y jugueteó con la
    alquimia individual y colectiva. El ejemplo más acabado de ese fallido
    laboratorio fue el llamado “hombre nuevo”. Ese Homus Cubanis crecería
    supuestamente en el sacrificio, la obediencia y la fidelidad. La
    uniformidad era incompatible con las particularidades éticas de cada
    hogar. Así que para lograrla, a millones de cubanos nos alejaron
    –siempre que pudieron- del entorno familiar.

    Íbamos al círculo infantil con apenas 45 días de nacidos, los
    campamentos pioneriles nos recibían después de aprender las primeras
    letras, partíamos hacia las escuelas al campo recién terminada la
    infancia y pasábamos nuestra adolescencia en un preuniversitario en
    medio de la nada. El Estado creía que podía sustituir el papel formador
    de nuestros padres, pensó que lograría cambiar los valores que traíamos
    de casa por un nuevo código de moral comunista. Pero la criatura
    resultante distó mucho de lo planificado. Ni siquiera llegamos a
    convertirnos en un “hombre bueno”.

    La emprendieron también contra la religión, pasando por alto que en sus
    disímiles credos se transmiten parte de los valores éticos y morales que
    moldearon la civilización humana y nuestras propias costumbres nacionales.

    Partidarios del régimen cubano realiza un acto de repudio contra un
    grupo de Damas de Blanco a las afueras de la casa de la fallecida líder
    de la organización, Laura Pollán.
    Nos hicieron denigrar a los diferentes, insultar con obscenidades a los
    presidentes de otros países, burlarnos de figuras históricas del pasado,
    sacar la lengua o lanzar la trompetilla al pasar por una embajada
    foránea. Nos inculcaron la “promiscuidad revolucionaria” que ellos
    mismos ya practicaban desde la Sierra Maestra y nos incitaron a reírnos
    de quienes hablaban bien, tenían una amplia cultura o mostraban algún
    tipo de refinamiento. Esto último nos fue enseñado con tanta intensidad,
    que muchos fingíamos hablar vulgarmente, dejar de pronunciar algunas
    sílabas o nos callábamos nuestras lecturas, para que nadie se diera
    cuenta que éramos “unos bichos raros” o potencialmente unos
    “contrarrevolucionarios”.

    Un hombre –desde la tribuna- nos estuvo gritando por cincuenta años. Sus
    diatribas, su odio, su incapacidad para escuchar calmadamente un
    argumento en contra, fueron las “modélicas” posturas que aprendimos en
    la escuela. Él, nos infundió la algarabía, la crispación constante y el
    dedo índice autoritario para dirigirnos a los otros. Él –que creía saber
    de todo cuando en realidad sabía de muy poco- nos transmitió la
    soberbia, el no pedir disculpas y la mentira, ese engaño de los pícaros
    y los timadores que se le daba tan bien.

    Ahora, cuando el cuadro ético de la nación parece un espejo hecho trizas
    contra el suelo, llaman a la familia a repararlo. Nos piden que formemos
    valores en casa y que transmitamos orden y disciplina a nuestros hijos.
    Pero ¿cómo hacerlo? Si nosotros mismos fuimos moldeados en el irrespeto
    a todos esos códigos. ¿Cómo hacerlo? Si ni siquiera ha existido un
    proceso de autocrítica desde el poder, donde aquellos que jugaron a la
    ingeniería social con nuestra vidas reconozcan lo que hicieron.

    Los códigos éticos no se recomponen tan fácilmente. Una moralidad
    devaluada por el discurso público, no puede reponerse de la noche a la
    mañana. Y ahora ¿cómo vamos a arreglar todo este desastre?

    Publicado el 7 de marzo 2014 en el blog Generación Y

    Source: Devaluación –
    http://www.martinoticias.com/content/devaluaci%c3%b3n-cuba-moral-generacion-y-/32791.html

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