Act of Repudiation
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    Barrotes de humo

    Barrotes de humo
    JULIETA VEGA, La Habana | Junio 20, 2014

    Una fábrica de tabaco es lo más parecido a una cárcel. Los pasillos
    están vigilados por custodios, hay cámaras de seguridad por todos lados
    y al sitio donde se tuerce el tabaco se le llama galera. Nadie puede
    salir durante el horario laboral si no tiene un permiso especial.

    Los altavoces no descansan. Durante toda la mañana se oye la radio y
    luego música. El lector de tabaquería sólo se escucha mientras lee la
    prensa nacional y algún que otro libro aprobado por la dirección.

    Los días de un tabaquero transcurren también como en una penitenciaría.
    No debe levantar los ojos de su puesto de trabajo, del “vapor”, como le
    llaman todos. Si lo ven distraído puede recibir una amonestación
    pública, un acta de advertencia e incluso una sanción. El jefe de
    brigada amenaza con pasarlo a la fabricación de una vitola inferior si
    no cumple con la cantidad de puros diarios que debe torcer.

    En las mañanas, cada tabaquero recoge el material que le corresponde.
    Debe estar muy atento. El repartidor de materia prima tratará de darles
    el peor producto y guardar para sí las hojas de mejor calidad. Con ellas
    fabricará los tabacos que terminarán en el mercado ilegal de puros, que
    se sostiene con el robo sistemático en la fábricas estatales.

    Si no consigue un buen producto, el tabaquero deberá apelar a la “mula”,
    que irá al departamento de despalillo para buscar mejores hojas y
    traerlas de regreso a la galera. La mula es exigente y siempre quiere
    algo a cambio. Hay días malos, en que ni siquiera así se consigue
    material de primera. Entonces el torcedor deberá cumplir la norma
    haciendo “tabacos de mogolla”, con subproductos y ripios que quedan en
    el canal del vapor o en la barredura del piso.

    Abusar de ese truco puede terminar mal. Si los tabacos defectuosos
    resultan detectados durante el control de calidad, le rechazarán la
    producción completa al tabaquero y le caerá encima una sanción. Siempre
    le queda la opción de sobornar al encargado de las inspecciones. Si
    logra que sus puros pasen para otro departamento, entonces se mezclarán
    con la producción del resto de los tabaqueros y ya no será posible
    distinguirlos.

    Con frecuencia en los almacenes de Cubatabaco se detectan lotes enteros
    que han sido hechos con mogolla y son devueltos a la fábrica. Si no son
    descubiertos, terminarán en manos de algún orondo extranjero que creerá
    estarse fumando un Cohiba o un Hoyo de Monterrey.

    Sin embargo, no sólo los torcedores hacen estos trucos. Las hojas con
    que se confeccionan los tabacos llegan mezcladas ya a la galera desde el
    departamento de la liga. Para obtener mayores ganancias en el mercado
    ilegal, los empleados mezclan las hojas de ligero con las de volado y
    también con las de seco.

    Un buen tabaquero elegiría las mejores hojas para confeccionar un
    excelente puro, pero aquí la prioridad es lograr que el mejor tabaco
    salga hacia el negocio ilícito. Bajo esa premisa, se vale meter
    cualquier hoja dentro de la tripa. Esa es la razón por la que muchos
    tabacos cubanos que circulan por el mundo tienen el mismo sabor aunque
    sean vitolas de diferentes tipos y lleven anillos distintos.

    Tropa de choque con olor a tabaco

    A veces llega el jefe del sindicato a la galera. Se sube a la tribuna y
    pide “la colaboración de diez o quince compañeras”. Nadie le responde,
    todos siguen con la mirada fija en el vapor. “Tienen que representar a
    la fábrica ante la actitud contrarrevolucionaria de las Damas de
    Blanco”, grita más y más el hombre, a medida que nadie le hace caso.
    Después elige a dedo a las mujeres y se las llevan.

    El podio, que históricamente sirvió para informar a los tabaqueros y
    convocarlos a la lucha por la independencia, primero, y por la
    revolución luego, hoy queda reducido al escenario de la propaganda
    política. La chaveta que se hacía sonar rítmicamente para oponerse a
    toda disposición que fuera en contra de los intereses de los
    trabajadores, hoy sólo puede escucharse para dar la bienvenida a algún
    funcionario cubano o extranjero que está de visita en la fábrica.

    La mayoría de las mujeres que se han ido con el jefe del sindicato son
    militantes del Partido Comunista o están en “la bolsa”. Estas últimas se
    encuentran a prueba para obtener una plaza fija o han venido a través de
    un intercambio con otras fábricas. No pueden negarse. La ventaja es que
    después del acto de repudio en el que participarán, podrán irse a casa
    sin cumplir la norma y cobrando íntegramente el salario del día. De
    todas formas pierden, porque la ganancia no esta en el sueldo, sino en
    lo que puedan arrebatarle al vapor para revender en la calle.

    La fábrica corre con todos los gastos del traslado de las mujeres para
    ser parte de la tropa de choque. Les garantiza también una merienda, que
    la mayoría no se come para llevar a sus hijos en edad escolar.

    Estar en la bolsa tampoco es fácil. Se debe conseguir el dinero para
    pagar por ser escogido. El carnet del partido y los gritos contra las
    Damas de Blanco no son suficientes. Durante el período de prueba hay que
    pagarle una gran suma al jefe de galera, para que cambie los tabacos del
    principiante por los de aquel que mejor tuerza. Sólo así podrá quedarse.

    Una hora antes de terminar la jornada, los tabaqueros comienzan a
    observar más atentamente las cámaras de vigilancia. En algunos lugares
    el ojo de vidrio demora apenas trece segundos en panear toda la galera.
    Sólo hay unos instantes para tomar el tabaco ya torcido sobre el vapor y
    colocarlo en la parte inferior. La mula se ocupará de cogerlo de allí y
    sacarlo de la fábrica.

    Algunos van hacia el baño y se pegan los tabacos en el interior de la
    ropa con cinta adhesiva. Les llaman los “egipcios” porque caminan con la
    rigidez de una momia. A la salida deben sobornar al custodio con tres o
    cinco pesos convertibles, para que se haga de la vista gorda.

    La lucha no termina al traspasar la puerta de la fábrica. Ahora deben
    encontrar “un punto” que pueda sacar los tabacos del país o los contacte
    con un cliente fijo que pague bien. Los intermediarios se llevan el
    mayor porcentaje de las ganancias.

    Al final del día, cada torcedor regresa a su casa exhausto. Está atado a
    una condena diaria, la de hacer una norma de tabacos para el Estado y
    producir además una parte que garantice su propia supervivencia
    económica. Las galeras ya no dejan tiempo para nada más que vigilar y
    ser vigilados No será entre estos olores y golpes de chaveta donde se
    convoque a la próxima revolución.

    Source: Barrotes de humo –
    http://www.14ymedio.com/nacional/Cuba-tabaco_0_1581441848.html

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