Act of Repudiation
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    Las desvergüenzas del acto de repudio

    Las desvergüenzas del acto de repudio
    Si los opositores prosiguen atados a estrechos intereses, seguirá
    malográndose el objetivo de ganarse a la mayoría del pueblo y
    deslegitimar a la minoría gobernante
    Arnaldo M. Fernández, Broward | 19/02/2015 3:54 pm

    You gotta keep the devil
    way down in the hole
    Tom Waits, Way Down In The Hole, 1987

    Las Damas de Blanco vienen declinando desde que, abandonada su misión
    original de abogar en marcha silenciosa por la libertad de sus
    familiares presos, se volcaron como si nada a la tarea titánica de la
    transición a la democracia sobre la base de ayuda recibida del exterior.
    Así, la misión básica se tornó puramente administrativa: cómo distribuir
    recursos. Y tenía que caer hasta en actos de repudio por efecto en
    contexto cubiche de la ley de hierro de la oligarquía, que Robert
    Michels enunció hacia 1911*.
    La cruz de hierro
    Esa ley actúa sobre toda la disidencia, oposición o resistencia
    anticastrista, porque el mecanismo de organización determina sin remedio
    que todo movimiento político se divida en minoría que dirige a la
    mayoría y “cada sistema de jefes resulta incompatible con los postulados
    esenciales de la democracia”.
    La disidencia, oposición o resistencia viene arrastrando esa cruz sin
    percatarse aún de la consecuencia derivada por Giovanni Sartori: “la
    mayoría desorganizada de la gente políticamente inerte es el árbitro
    final de la contienda entre las minorías organizadas de gente
    políticamente activa”.
    En buen romance: si los grupos de la disidencia, oposición o resistencia
    prosiguen atados a sus estrechos intereses por imperativo de cómo
    conseguir y distribuir fondos, tal como Jonathan Farrar dictaminó en
    2009 desde su observatorio en la Oficina de Intereses de EEUU en Cuba,
    seguirá malográndose el único objetivo políticamente justificado de toda
    disidencia, oposición o resistencia pacífica o cívica: ganarse a la
    mayoría del pueblo y deslegitimar a la minoría gobernante.
    Las miras hacia fuera
    Ese objetivo puede lograrse ya sólo en las elecciones, pero la
    disidencia, oposición o resistencia viene soslayando por décadas la
    lucha electoral. Ante la crisis que desató el acto de repudio de cierta
    facción de las Damas de Blanco contra una de sus fundadoras, como
    expresión agravada del descontento que condujo antes a la división de
    jefaturas en La Habana y Santiago de Cuba, las reacciones mediáticas han
    ido desde guardar silencio hasta embarajar lingüísticamente con que no
    hubo acto de repudio, sino “disputa interna”, y hay que pasar la página
    para ir a “la primera oportunidad de la sociedad civil cubana de
    mostrarse internacionalmente como una alternativa al régimen [en la]
    Cumbre de las Américas”, como si la única alternativa política no
    tuviera que demostrarse ya solo en elecciones, empezando por las
    parciales a celebrar el 19 de abril.
    Una “sociedad civil” politizada en el vacío al extremo de aprestarse a
    meter las narices en asuntos de política exterior del Estado con una
    tángana más, sin efecto previsible alguno, como todas las anteriores,
    por no contar con apoyo de masas dentro de la propia sociedad, es otro
    embeleco vergonzoso, que se suma a discernir entre actos de repudio
    anticastristas y castristas, porque estos últimos “implican la fuerza y
    los recursos del Estado, todo el aparato policial y parapolicial, [sin]
    interlocución inicial [ni] intentos de mediación o apaciguamiento”.
    El acto de repudio: vergüenza nacional
    Tal diferencia es irrelevante, porque cada bando se vale de lo que
    tiene. Acto de repudio es caer en pandilla contra el Otro indefenso. Si
    la facción repudiante de las Damas de Blanco tuviera el poder hubiera
    echado mano al aparato policial y parapolicial, aplicado la fuerza y
    recursos del Estado, sin asomo de interlocución, mediación o
    apaciguamiento, ya que estaría ejerciendo el poder.
    Ellas hubieran sido como ellos y ellos son hoy como ellas hubieran sido
    si tuvieran la sartén del poder político público por el mango. Y es así
    porque entre cubanos el acto de repudio no viene del castrismo ni tiene
    inspiración fascista o comunista, sino que emana de ese fenómeno
    histórico denominado nación cubana.
    El primer acto de repudio significativo se dio ya en efigie contra
    Carlos Manuel de Céspedes, el 27 de octubre de 1873 en Bijagual de
    Jiguaní, para deponerlo como Presidente de la República en Armas. Lo
    organizó Salvador Cisneros Betancourt con las tropas de Calixto García
    como pandilla. Al día siguiente, Céspedes anotó en su diario: “Preparada
    en secreto, la hicieron pública, teniendo preparada la soldadesca. La
    pidió [Ramón] Trujillo apoyado por Estrada [Palma]. Se despacharon a
    gusto con calumnias y falsedades”.
    Coda
    Ahora llueven los consejos de qué deben hacer las Damas de Blanco, el
    resto de “la sociedad civil” y el exilio. Para empezar debían leerse
    otro apunte de Céspedes: “Temo que la ambición se ha despertado en el
    corazón de los cubanos y que de ella proviene el germen de la discordia
    que ha de hundirnos en la ruina y el descrédito”.
    *Zur Soziologie des Parteiwesens in der modernen Demokratie [Sociología
    de los partidos políticos en la democracia moderna], Leipzig: Werner
    Klinkhardt, 1911.

    Source: Las desvergüenzas del acto de repudio – Artículos – Opinión –
    Cuba Encuentro –
    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/las-desvergueenzas-del-acto-de-repudio-321974

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