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    El milagro del papa Francisco

    El milagro del papa Francisco
    JUAN ANTONIO BLANCO | Miami | 23 Sep 2015 – 12:58 pm.

    ‘Le estoy muy agradecido al papa Francisco. De veras. Pocos lo
    entenderán, pero es así.’

    Hurtado: Es bueno que se restaure el dominio espiritual arrasado por el
    estalinismo Dámaso: Para actos de repudio o para recibir al Papa, el
    castrismo siempre cuenta con ‘el pueblo’

    Le estoy muy agradecido al papa Francisco. De veras. Pocos lo
    entenderán, pero es así. Dijo cosas oportunas, entre ellas algunas muy
    pertinentes respecto a los tiranos y las dinastías.

    No agradezco lo que no dijo ni hizo. Lo reportado por El País, The
    Washington Post y otros medios internacionales es rigurosamente cierto.
    Sin embargo, declarar a Su Santidad “enemigo de Cuba” solo conduce a la
    soledad política. Ello no impide reconocer que sus críticos llevan parte
    de la razón.

    Nada dijo el Papa de la suerte que corrió el desconocido disidente al
    que bendijo (¿exorcizó?) cuando rompiendo cinco cinturones de seguridad
    logró acercarse a él. Tampoco se conoce que haya emitido queja alguna
    porque las opositoras invitadas personalmente por la Nunciatura —solo
    para verlo pasar desde la acera frente a ese edificio y luego saludarlo
    desde la multitud congregada en la Plaza de la Catedral de la Habana—
    fuesen detenidas las dos veces por la policía antes de poder siquiera
    acudir a la cita. Quizás lo hizo la Nunciatura, pero solo podemos juzgar
    lo que es público, no lo que pueda presumirse que otros hicieron.

    Es también cierto que dedicó una hora para ver a quien fusiló católicos,
    prohibió toda religión, expropió las pertenencias de las iglesias y
    expulsó a los curas de Cuba. Algo confuso si se tiene en cuenta que ya
    ese personaje no es el jefe del Estado que visitaba. Resultó a partir de
    ese momento aún más desconcertante que no encontrase tiempo (ni cinco
    minutos siquiera) para recibir a una representante de las Damas de
    Blanco, que son reprimidas cada domingo cuando acuden a misa en
    cualquier provincia.

    Tampoco es fácilmente explicable que si deseaba enfatizar el tema de la
    reconciliación no pudiese rezar unos minutos ante el paredón de La
    Cabaña, donde murieron fusilados centenares de jóvenes católicos
    gritando “Viva Cristo Rey”. Algo que resulta llamativo porque lo hizo
    hace poco por el alma del padre Luis Espinal en el lugar donde fue
    abandonado su cadáver martirizado por militares bolivianos.

    Pero —insisto— desde mi punto de vista el papa Francisco hizo posible un
    milagro que muchos esperábamos con infinita fe. Permitió hacer público y
    patente que la juventud cubana no es solo la que en la Isla usa máscaras
    ideológicas para luego viajar a Miami y declararse apolítica. En una de
    sus homilías sucedió algo que permitió a todos constatar que el espacio
    que dista entre el Gobierno y la oposición no lo ocupa solo la apatía.
    Hay muchos más, también inconformes, que buscan un camino propio para
    darle al país el vuelco que necesita.

    El milagro de esta visita papal se materializó en el discurso público de
    un muchacho, Leonardo Fernández, al que habían dado la encomienda de
    darle la bienvenida al Sumo Pontífice, en nombre de los jóvenes cubanos
    del Centro Cultural Félix Varela. Ese centro está ubicado en el antiguo
    Seminario San Carlos, cuna de la intelectualidad patriótica, liberal y
    católica que en el siglo XIX sentó por vez primera las bases de un
    pensamiento nacional. El mensaje de Leonardo —digna expresión de
    semejante herencia— estremeció a todos al abordar el nudo gordiano del
    drama cubano con palabras valientes y profundas, para nada crípticas.

    Sin temor a enfrentar la intolerancia y el miedo ajenos, pidió a
    Francisco: “Ayúdenos a ser jóvenes que sepamos acoger y aceptar al que
    piense diferente, que no nos encerremos en los conventillos de las
    ideologías o religiones, que podamos crecernos ante el individualismo y
    la indiferencia, los grandes males de la rutina cubana”. Y luego agregó
    una frase que pudiera ser leída como el grito de los excluidos en la
    Isla al reiterar “la esperanza (de la juventud cubana) en un futuro de
    cambios profundos, donde Cuba sea un hogar para todos sus hijos, piensen
    como piensen y estén donde estén”. Leonardo sabe lo que dice: esos
    jóvenes tienen la esperanza de que el futuro traiga cambios profundos, o
    sea verdaderos, para que la patria sea finalmente de todos sin importar
    ideologías ni donde residen sus nacionales.

    Lo dijo todo frente al Papa, al Cardenal —que no paraba de hacer
    muecas—, la policía secreta, las ridículas brigadas de acción rápida
    estudiantil que trajeron de la UCI y la Universidad de La Habana, y
    periodistas de todo el mundo. Y los jóvenes católicos allí presentes
    secundaron sus palabras con valiente y cerrada ovación. Agradezco al
    Papa no haberlo abandonado en esa circunstancia, aunque el
    acompañamiento lo haya realizado con el lenguaje propio de su investidura.

    ¿Cómo no voy a estar agradecido por este milagro? Eso es lo más genuino
    e imperecedero que queda de esta visita papal. Hemos constatado que en
    la Isla todavía hay jóvenes que creen que otra Cuba mejor es posible y
    no tienen miedo de proclamarlo.

    Source: El milagro del papa Francisco | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1442969830_17093.html

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