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    Obama y los riesgos de “un país pequeño”

    Obama y los riesgos de “un país pequeño”
    Aumentan las posibilidades de un mayor incremento aún de la emigración
    cubana en los dos últimos meses del Gobierno de Barack Obama
    Redacción CE, Madrid | 15/11/2016 2:56 pm

    Como viene ocurriendo desde hace décadas, el cubano de la calle prefiere
    abandonar la Isla a incorporarse a un movimiento de protesta popular.
    Las causas son múltiples y se han analizado en detalle —y desde las
    ópticas más diversas— en múltiples ocasiones. Las conclusiones pueden
    diferir pero la realidad es una: los cubanos se van, nos fuimos. Y ello
    no va a cambiar de momento.
    El exilio como futuro —como alejamiento colectivo para ganar en
    individualidad— es un aliciente mayor que un enfrentamiento callejero.
    Más fácil se arriesga la vida en una balsa que en una calle. La
    permanencia de los hermanos Castro en el poder se debe en gran medida a
    su enorme capacidad para controlar —o incluso producir—estas crisis.
    Para el cubano el desarraigo es preferible a la afirmación nacional
    limitada al concepto de patria, porque está convencido —aunque sea
    intuitivamente— de que no hay nada en qué afirmarse. Esa falta de
    esperanza de los habitantes del país, salvo en la salida, es la antesala
    en que se evita la explosión de manifestaciones masivas de protesta.
    En los últimos años ese abandono ha transitado por vías más quietas
    desde el punto de vista político, aunque no por ello sin turbaciones.
    Pero dichas alteraciones se han reflejado en el exterior —en
    Centroamérica o Colombia, por ejemplo— y no en el país. Al que parte no
    se le dedican actos de repudio, golpizas o se le arrojan huevos.
    Simplemente se va y se espera que vuelva —dentro de uno o dos años— y si
    es posible con tantos dólares como ha logrado acumular en la ausencia,
    para gastar en la “patria”.
    No hay el menor interés de cambiar esta situación, por parte del
    Gobierno cubano.
    Pero en lo que respecta a las alteraciones en el exterior es otra cosa.
    De momento Raúl Castro no va a cambiar la política de conciliación hacia
    Washington, aunque ello no implica, ni por segundo, el abandonar su
    forma de negociar usual, donde las peticiones son una condición previa
    para llegar a un acuerdo, típica del gánster de barrio.
    De momento todo depende, en cierta medida, de las señales que irán
    llegando a la Plaza de la Revolución. Desde el nombramiento del futuro
    secretario de Estado hasta el análisis de lo que está ocurriendo en las
    calles de Estados Unidos.
    En este ejercicio de cálculo, en que la elite gobernante cubana siempre
    ha demostrado una gran capacidad —nos guste o no reconocerlo—, el tema
    migratorio se coloca en primer lugar.
    No porque todas las posibles medidas, que se supone llevará a cabo la
    nueva administración republicana, serán criticadas con igual fuerza. En
    algunos casos, como por ejemplo el posible abandono de la norma “pies
    secos/pies mojados”, incluso serán saludadas con aprobación. Pero en lo
    fundamental, lo que se buscará son las debilidades a aprovechar. Los
    aspectos en que “el enemigo” es vulnerable. Y en este sentido la
    política migratoria de EEUU hacia Cuba es un arma de doble filo, para
    ambos gobiernos.
    La Habana necesita cada vez más a Miami en lo económico. Los ingresos
    por el turismo son el segundo renglón en importancia para Cuba, luego de
    la exportación de servicios (médicos y asesores en general). Y el
    incremento en estos ingresos responde en gran medida al aumento de los
    viajeros desde EEEUU, ya sean simples visitantes o cubanos que viven
    fuera. Por el momento nada va a llevar a cabo el Gobierno cubano para
    alterar esa ecuación.
    Pero hasta ahora esa dependencia económica ha sido acompañada, en lo
    político y social, por el aumento de un sentimiento generalizado de
    disolución de fronteras, donde la ideología no ha sido relegada al
    cuarto trasero sino botada por la ventana, en ambos extremos del
    estrecho de la Florida.
    El exilio en general, y Miami en particular, se han convertido en fuente
    de abastecimiento para Cuba, donde al cliente se le hace creer que tiene
    la razón por el simple expediente de no preguntarle lo que quiere. El
    exiliado o emigrante se limita a pagar las cuentas.
    Los limitados cambios económicos en la Isla y el publicitado “deshielo”
    no han detenido el éxodo, que se ha incrementado tras la reforma
    migratoria. Sin embargo, a diferencia de otras épocas, esta salida
    masiva no se traducía en ruptura sino en un simple desplazamiento.
    Todo puede cambiar sustancialmente con la puesta en práctica de una
    serie de medidas, también limitadas, pero de importancia extraordinaria,
    que van desde el fin de “pies secos/pies mojados” hasta una modificación
    de la Ley de Ajuste, pasando por una mayor exigencia en los trámites
    migratorios y el reclamo de deportación de “indeseables”.
    Pero lo que es más importante —y también hay que reconocerlo— el sector
    del exilio contrario al “deshielo” al parecer recobra o aumenta su
    fuerza política. Mantiene su poder en el Congreso y es posible que
    cuente con aliados en el gabinete presidencial de Trump, aunque de
    momento esto se limite a una simple conjetura.
    La Habana no va a esperar a que todo esto ocurra —en tres, seis meses,
    un año—, sino se anticipará a los hechos. Y tiene un momento especial
    para hacerlo. Limitado en tiempo pero preciso. Apenas dos meses.
    Un Gobierno que desde el inicio del proceso llevado a cabo por Obama lo
    ha mirado con cautela, y luego con mayor reserva tras la visita del
    mandatario estadounidense a la Isla, es capaz de intentar hacerle
    “quedar mal” al terminar su última etapa.
    De momento, sería irresponsable aventurarse a pronosticar cuánto Raúl
    Castro está dispuesto a poner en juego, porque se desconoce aún lo que
    está en riesgo: ¿viajes, remesas, acuerdo migratorio? Lo que sí resulta
    posible es que los dos últimos meses de Gobierno de Obama, en lo que
    respecta a Cuba, podrían resultarle no muy apacibles en términos de
    “crisis migratoria”.
    Y así, al montarse en el helicóptero de salida, o después, Obama vuelva
    a pensar en aquello que dijo en una ocasión —con cierta mezcla de candor
    y arrogancia—, que probar una nueva relación con “un país pequeño” como
    Cuba “no entraña muchos riesgos”.

    Source: Obama y los riesgos de “un país pequeño” – Noticias – Cuba –
    Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/cuba/noticias/obama-y-los-riesgos-de-un-pais-pequeno-327666

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