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    La incertidumbre como destino

    La incertidumbre como destino
    La Isla sigue siendo una excepción. Se mantiene como ejemplo de lo que
    no se termina. Su esencia es la indefinición, que ha mantenido a lo
    largo de la historia
    Redacción CE, Madrid | 02/03/2017 8:41 am

    Cuba continúa atravesando una situación difícil y el impulso bajo el
    cual el mandato de Raúl Castro inició una serie de reformas limitadas ha
    desaparecido. Aferrarse a la ilusión de que el régimen pueda sucumbir en
    un futuro cercano es apostar por la fantasía. No es así. El proyecto
    revolucionario está agotado, pero los mecanismos de supervivencia siguen
    intactos.
    Sin embargo, este afán de sobrevivir está generando un caos y una
    violencia que atenta no sólo contra la población en la Isla, sino hace
    dudar sobre un mejor destino para la nación
    Cuba sigue siendo una excepción. Se mantiene como ejemplo de lo que no
    se termina. Su esencia es la indefinición, que ha mantenido a lo largo
    de la historia: ese llegar último o primero para no estar nunca a
    tiempo. No es siquiera la negación de la negación. Es una afirmación a
    medias. No se cae, no se levanta.
    Cualquier estudioso del marxismo, que trate de analizar el proceso
    revolucionario cubano, descubre que se enfrenta a una cronología de
    vaivenes, donde los conceptos de ortodoxia, revisionismo, fidelidad a
    los principios del internacionalismo proletario, centralismo
    democrático, desarrollo económico y otros se mezclan en un ajiaco
    condimentado según la astucia, primero de Fidel Castro y ahora de su
    hermano.
    No se puede negar que en la Isla existiera por años una estructura
    social y económica —copiada con mayor o menor atención de acuerdo al
    momento— similar al modelo socialista soviético. Tampoco se puede
    desconocer la adopción de una ideología marxista-leninista y el
    establecimiento del Partido Comunista de Cuba (PCC) como órgano rector
    del país.
    Todo esto posibilita el análisis y la discusión de lo que podría
    llamarse el “socialismo cubano”. Aunque esta argumentación es solo una
    ficción necesaria a la hora de comprender una realidad simple y compleja
    a la vez.
    Como en la música popular cubana: la melodía es pegajosa y fácil de
    repetir, pero el problema es con el ritmo, que por momentos se construye
    a partir de sucesiones de notas a contratiempo: síncopa en la música y
    el habla, pero también en la política: la Guantanamera como nuestra
    definición mejor.
    En los últimos años se han producido demostraciones que evidencian que
    una parte de la población cubana está dispuesta a realizar actos
    violentos —o no sabe controlar sus pasiones e instintos— y reaccionar
    ante los estímulos más simples.
    Ese es el sector de la población que se presta a participar en actos de
    repudio, donde son guiados y controlados por un grupo de agentes
    represivos. Es decir, no alcanzan siquiera el grado de profesionales de
    la violencia: son simplemente matones de ocasión.
    En un futuro más o menos inmediato, de este estrato de la población
    cubana saldrán los pandilleros, extorsionistas, abusadores y hasta
    asesinos que muy probablemente servirán para suplir la demanda de
    delincuentes e individuos sin escrúpulos a ser empleados por los
    diversos grupos dedicados a las actividades ilegales que ya florecen en
    la Isla.
    No es esta oleada de hechos delictivos el único peligro que acecha
    respecto a estos personajes de naturaleza marginal, pero integrados
    dentro de un aparato represivo que los usa a su conveniencia, y que en
    la actualidad encuentran satisfacción y provecho en participar en los
    actos de represión.
    Tampoco hay que buscar en el hostigamiento y el acoso a los activistas y
    disidentes la única forma de marginalidad que progresa en el país.
    A consecuencia del empobrecimiento económico y social surgido a partir
    del llamado “Período Especial”, pero con un origen mucho más remoto
    dentro del proceso iniciado en 1959, se ha extendido una actitud donde
    el delito se acepta e incluso se justifica de acuerdo a conveniencias y
    excusas de todo tipo, que van desde la necesidad de recurrir al mercado
    negro, para adquirir los bienes más elementales, hasta la prostitución,
    el robo y la venta y compra de drogas.
    El problema principal es la existencia de un grupo poblacional
    acostumbrado a vivir bajo un régimen totalitario, que en un futuro más o
    menos cercano de pronto va a encontrarse incapaz de vivir en libertad,
    con las responsabilidades que este hecho atañe.
    Esos que golpean hoy serán los inadaptados de mañana. Aquellos que han
    llegado al “trapicheo” como forma de vida o practican y aceptan la
    prostitución como un complemento a los ingresos familiares —casi un don
    o un regalo de la naturaleza— pasarán a formar parte de la lacra social
    del país.
    Actividades que en la actualidad se justifican por la carencia y
    censura, como la adquisición de artículos hurtados o de contrabando, el
    pequeño fraude a la empresa estatal, el tráfico de influencias, el robo
    de la señal de televisión o el uso fraudulento del servicio de internet
    perderán su condición de “activismo político”, medio obligado de
    supervivencia, forma de rebelión o desacato al sistema y serán
    catalogados de simples delitos, como en cualquier sociedad.
    Por supuesto que la mayoría de quienes hoy se ven obligados a violar las
    ataduras de un régimen totalitario, obligados por la necesidad
    momentánea, no tendrán problema alguno en comprar mañana en un
    supermercado lo que hoy solo pueden adquirir en la bolsa negra. La
    mayoría, pero no todos.
    Una sociedad libre implica derechos, pero también deberes elementales.
    Por demasiado tiempo los cubanos han vivido encerrados en el engaño, la
    mansedumbre y el “resolver” sin remedio. Por décadas han aprendido a
    darle la vuelta a los problemas, y asistir hoy al desfile y recibir
    mañana al pariente que viene de Miami; levantar la mano en la asamblea y
    esperar llegar a la casa para ver si finalmente le dejaron el “paquete”,
    con películas extranjeras, programas “de afuera” o anuncios comerciales
    de productos con los que sueña, pero no encuentra en las tiendas.
    Enfrentar la necesidad urgente de crear los medios que posibiliten los
    cambios, para que el cubano devenga en un individuo capaz de enfrentar
    los retos y beneficios de un Estado democrático y una sociedad civil, es
    tan apremiante como discutir las bases económicas y políticas de la
    nación del futuro.
    Conocer cómo piensan y actúan las personas que por demasiado tiempo han
    sobrevivido en un país en ruinas abarca un universo más amplio que las
    discusiones políticas.
    Lo que se ha estado fraguando durante los últimos años en Cuba es un
    escenario extremadamente volátil, que hasta ahora el Gobierno de la Isla
    ha logrado controlar con represión y promesas.
    Todo ello lleva a un aumento de las posibilidades de un estallido
    social. De producirse esta fragmentación violenta —y con independencia
    del resultado de la misma— el uso del caos y la fuerza como solución de
    los problemas se convertiría en un patrón de conducta adoptado por una
    parte de la población de la Isla, que limitaría o impediría el avance
    social.

    Source: La incertidumbre como destino – Noticias – Cuba – Cuba Encuentro

    www.cubaencuentro.com/cuba/noticias/la-incertidumbre-como-destino-328776

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