Act of Repudiation
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    La represión como fin de la esperanza

    La represión como fin de la esperanza
    La cualidad de lo cotidiano no puede convertirse en justificación para
    el ocultamiento
    Redacción CE, Madrid | 02/03/2017 8:43 am

    La represión no se detendrá en Cuba. No se trata de una afirmación
    dogmática ni de una respuesta fundamentada en un supuesto anticastrismo
    vertical. Es una característica de una forma de gobierno que para
    sustentarse necesita ajustes constantes, cada vez más torpes.
    Junto a esa situación social y política, durante décadas el Gobierno ha
    desarrollado y mantenido un eficiente aparato represivo, cuya actuación
    permite una comparación simple: la incapacidad para producir bienes
    corre pareja con la eficiencia para generar detenciones.
    De esta forma el régimen castrista ha creado una cifra mayor de
    “delincuentes y seres violentos” que todos los gobiernos republicanos
    anteriores.
    No hay que olvidar que el gobierno de La Habana siempre ha usado a su
    conveniencia la distinción entre delito común y delito político. En una
    época todos los presos comunes estaban en la cárcel por ser
    contrarrevolucionarios, porque matar una gallina era una actividad
    contraria a la seguridad del país. En la actualidad, cada vez que muere
    un opositor o su caso alcanza una dimensión internacional se le acusa de
    vago y delincuente.
    Lamentable tener que escribir sobre la represión. No es preferencia por
    el oficio de aguafiestas, ni denunciar algo nuevo, un brote reciente o
    un fenómeno oculto. Es que la cualidad de cotidiano no puede convertirse
    en justificación para el ocultamiento.
    Con este constante detener de personas que simplemente han manifestado
    una opinión contraria —con independencia de ahora, en la mayoría de los
    casos, sea por pocas horas—, el régimen cierra la puerta a la esperanza
    de un cambio paulatino y pacífico hacia la democracia.
    A estas alturas está más que comprobado que el Gobierno de Raúl Castro
    no tiene la capacidad para dirigir un desarrollo económico que satisfaga
    las necesidades de la población, pero sí ha logrado ser capaz de
    mantener al pueblo bajo una economía de subsistencia durante décadas.
    Solo que la contrapartida a la ineficiencia de las empresas estatales ha
    sido una economía clandestina —la bolsa negra, el “trapicheo”, el
    “socialismo”—, indiscriminada y personal. La naturaleza centralizadora y
    represiva del régimen siempre ha tenido como contrapartida o complemento
    una corrupción a todos los niveles.
    Al hablar de represión en la Isla no hay que olvidar que la maquinaria
    intimidatoria, que ha permitido la permanencia de un régimen por más de
    medio siglo, no puede ser denunciada en términos simples ni limitar su
    alcance, responsabilidad y consecuencias a Raúl Castro ahora y Fidel
    Castro antes.
    En primer lugar, porque hay mecanismos establecidos que van más allá de
    la obediencia a un tirano: parcelas de poder, privilegios y temores
    sobre el futuro. En segundo, porque no hay el desarrollo en el país de
    una conciencia ciudadana empeñada en una transformación democrática.
    El concepto de que la libertad actúa como un valor fundamental de
    motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura,
    historia y origen—, cuya formulación mejor aparece en The Case For
    Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer, ha demostrado ser más un
    ideal que parte de un análisis de la realidad. Las secuelas de la
    envidia, el odio y el delito compartido por muchos años serán difíciles
    de arrancar en Cuba.
    Desde que se conoció de la enfermedad de Fidel Castro, los servicios de
    inteligencia estadounidenses apostaron por Raúl, a quien se ve como un
    factor de estabilidad en la Isla tras el fallecimiento de su hermano mayor.
    El factor básico que ha utilizado Raúl Castro, para mantenerse en el
    poder en Cuba, es lograr un difícil equilibrio entre represión y
    reforma. El actual gobernante cubano ha demostrado su habilidad para
    conciliar estos dos extremos, pero a cambio de un inmovilismo que
    mantiene a la sociedad cubana en una permanente crisis. Las reformas
    económicas. limitadas y lentas, han terminado por estancarse. Y aunque
    nunca existieron muchas esperanzas de que intentaran propiciar algún
    cambio político notable, el mantener la puerta herméticamente cerrada a
    la más mínima transformación —más allá de las imprescindibles acciones
    de supervivencia— complementa el panorama de estancamiento.
    Si estamos frente a un proceso que tiene como única razón de existencia
    el perpetuar en el poder a un reducido grupo, el mecanismo de represión
    invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que
    detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que en el
    proceso cubano desaparecieron o pasaron a un segundo o tercer plano hace
    ya largo tiempo.
    La dictadura militar de Raúl Castro no ha escatimado recursos en una
    maquinaria represiva eficaz, silenciosa y omnipresente. Pero no ha sido
    suficiente. En ocasiones la situación escapa de control y hay que
    recurrir a medios más burdos.
    Entonces el mecanismo de terror delega la ejecución de la represión en
    turbas, e incluso en ocasiones en grupos que hasta cierto punto podrían
    catalogarse de paramilitares.
    La justificación de la violencia es la ira revolucionaria. Los actos de
    repudio, las Brigadas de Respuesta Rápida y el hundimiento del
    transbordador 13 de Marzo por un grupo de “trabajadores que actuaron en
    defensa de sus intereses”, para citar uno de los ejemplos más conocidos,
    responden al mismo patrón represivo, cruel e hipócrita.
    Sin embargo, esta situación de “violencia revolucionaria” no puede ser
    mantenida de forma permanente en su versión más cruda, y el régimen lo
    sabe. Por ello dosifica una tensión diaria con esporádicos estallidos de
    saña y algarabía.
    En este sentido, uno de los aliados que por décadas ha empleado el
    Gobierno cubano es la escasez. La falta desde alimentos hasta una
    vivienda o un automóvil ha sido utilizada, tanto para alimentar la
    envidia y el resentimiento, como en ocupar buena parte de la vida
    cotidiana de los cubanos.
    En tal situación, la corrupción y el delito han reinado durante las
    décadas del proceso revolucionario. La escasez actúa a la vez como
    fuerza motivadora para el delito y camisa de fuerza que impide el
    desarrollo de otras actividades. No se trata de justificar lo mal hecho,
    sino de aclarar sus circunstancias. Un análisis de la crisis económica
    permanente que existe en la Isla no debe excluir al mercado negro, la
    corrupción y el delito como importantes fuerzas de un mercado informal
    pero poderoso.
    La escasez también ha sido usada para incrementar la delación y la
    desconfianza, a partir de la ausencia de un futuro en la población
    manipulada como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse
    de brazos y la espera ante lo inevitable.
    Mediante las detenciones de disidentes, más o menos breves y a lo largo
    de toda la Isla, cada vez que se produce o se anuncia una actividad
    opositora pacífica, el Gobierno no solo intenta sembrar el miedo, sino
    también el desaliento. Los argumentos son gastados, los recursos son
    viejos, pero la vida es una sola.
    Hay que agregar además que al régimen no le basta con castigar a los
    activistas, quiere matar su ejemplo, enfangar su prestigio.
    Cuando los posibles cambios anunciados por Raúl Castro comenzaron a
    posponerse, y terminaron convertidos en parte de una nueva metafísica
    insular, la discusión giró hacia el estancamiento y la posibilidad del
    caos y la catástrofe. En ese punto estamos todavía: entre la apatía y la
    violencia. A partir de la represión, la escasez y la corrupción, los
    tres pilares en que se fundamenta el Gobierno cubano.
    A la vez que el régimen de La Habana continúa exigiendo una actitud de
    aceptación absoluta e incondicionalidad a toda prueba —que no es más que
    abrir la puerta a oportunistas de todo tipo—, se aferra a un concepto
    medieval del tiempo: confundir el presente con la eternidad. Mediante
    ese paréntesis se perpetúa un régimen que no deja espacio a la esperanza.

    Source: La represión como fin de la esperanza – Noticias – Cuba – Cuba
    Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/cuba/noticias/la-represion-como-fin-de-la-esperanza-328779

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