Act of Repudiation
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    A propósito de la expulsión de una estudiante de la Universidad Central de Las Villas

    A propósito de la expulsión de una estudiante de la Universidad Central
    de Las Villas
    La educación no puede ser tal si no se logra en y para la libertad
    Arturo López-Levy, Denver | 19/04/2017 9:46 am

    Acabo de leer la comunicación de la Federación Estudiantil Universitaria
    (FEU) de la Universidad Central de Las Villas (UCLV) sobre el caso de
    una estudiante expulsada por pertenecer a un grupo opositor. Con la
    calma y experiencia de haber sido expulsado del Instituto Superior de
    Relaciones Internacionales (ISRI), en 1991, cuando era estudiante del
    mismo por “ideas y conductas que no son compatibles con la disciplina y
    lo que se espera de un futuro diplomático cubano” (fue lo que se me dijo
    entonces por el rector Oscar García), siento el deber de solidarizarme
    con la víctima de esa arbitrariedad y repudiar la decisión tomada.
    En mi caso, debo decir que el ISRI rectificó la decisión incorrecta, y
    se me permitió terminar mis estudios, graduándome en 1993. Gracias a esa
    rectificación, y al apoyo de personas que en su mayoría siguen apoyando
    hoy al gobierno del PCC o aun discrepando del mismo (pues son
    nacionalistas y patriotas), pude terminar mis estudios. Aun cuando
    discrepo con algunas de las ideas de esos compatriotas y sigo teniendo
    las ideas socialdemócratas que desde entonces empecé a cultivar, no
    albergo ningún resentimiento ni al ISRI, ni al Ministerio de Relaciones
    Exteriores (MINREX), ni a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)
    —donde fui a cumplir el servicio militar como soldado, como periodo
    probatorio—, ni a mis compañeros de entonces. No albergo resentimiento,
    pero sí recuerdo y constato que varios de los que apoyaron mi expulsión
    son hoy los mayores anti-comunistas y rabiosos anti-gubernamentales. Su
    pasión hoy, al alinearse con lo peor de la derecha reaccionaria y
    racista cubana, o el callarse solo preocupados por su beneficio
    personal, es coherente con el oportunismo y la lacaya actitud de
    entonces. Cambian de collar, pero son lo mismo.
    La UCLV es una institución que quiero mucho. No estudie en sus aulas,
    pero sí crecí y me eduqué entre la gente buena que enseña y estudia
    allí, donde mis padres eran profesores. No soy quien para erigirse en
    fiscal y emprenderla ahora en contra de los que tomaron la decisión
    descalificándolos como cubanos, ni como personas. Sé de los errores que
    se cometen por gente noble cuando se actúa con pensamiento de grupo y se
    aceptan criterios impuestos por los que tienen más poder o son mayoría.
    Por eso, más que apelar o cuestionar la bondad de las personas, prefiero
    preguntar si las instituciones tienen el diseño apropiado para que las
    decisiones que toman sean guiadas por lógicos y justos criterios de
    ciudadanos que viven una vida de auto-reflexión y diálogo. Los que
    defienden que en Cuba hay un Estado de derecho, deben empezar por
    ubicarse en que para que exista tal Estado tienen que haber derechos e
    instituciones que los garanticen.
    Es evidente que tan mala decisión de la FEU de la UCLV contra Karla
    María Pérez González contradice la Declaración Universal de los Derechos
    Humanos en lo que a la igualdad ante la ley y el derecho a la educación
    se refiere. No es la federación de estudiantes la encargada de decidir
    en estos menesteres. Tal acción solo puede ocurrir como resultado de una
    decisión de la dirección del plantel, con todas las connotaciones
    legales que eso conlleva. El derecho a la educación es un derecho
    inalienable, en cuya realización progresiva la Revolución cubana ha
    invertido un gran capital y prioridad. Aunque nada borra ese esfuerzo
    desde la alfabetización hasta hoy, usar una “selectividad política” para
    la concesión de un derecho sí lo demerita. Ojalá los dirigentes de la
    educación superior cubana rectifiquen esta metedura de pata, con la que
    ya están haciendo zafra sus adversarios más rabiosos.
    Estoy consciente de que varios de los que hoy se rasgan las vestiduras
    por esa joven han sido cómplices, o hasta participantes, en claros actos
    contra la libertad de expresión en Miami; nunca reclaman por ninguna
    pluralidad de ideas en la discusión del tema Cuba en las emisoras de esa
    ciudad, ni por el derecho de réplica en sus periódicos, ni en las
    universidades de esa ciudad. Tengo el honor de casi sufrir un “acto de
    repudio” en un panel de la Conferencia de la Asociación de Estudios de
    la Economía Cubana (ASCE), en 2011, con un moderador de panel que lejos
    de imponer orden se prestó para serias desviaciones de las practicas
    académicas.
    No me conmueve nadie que coquetea y se calla cuando habla en Estados
    Unidos (algunos vienen ahora de Cuba como parte de la sociedad política
    opositora o de la sociedad civil emergente, como favoritos de liberales
    y conservadores del lado de acá del Estrecho) sobre el embargo/bloqueo
    norteamericano contra Cuba. Guárdense las lágrimas de cocodrilo los
    ciegos a conveniencia que no ven las múltiples violaciones de una
    derecha cubana que ha fijado límites estrictos sobre el discurso que se
    puede ejercer en todo lo que controlan, que es bastante en Miami, donde
    deciden quiénes son los contratados e invitados a sus centros y
    universidades. No le reconozco mérito moral a los cómplices, que
    condenan el embargo de boca para afuera en un post, pero nunca se les
    enfrentan de cara a sus gestores cuando están en sus predios y corren
    ahora a condenar a la UCLV. Que empiecen por solidarizarse con los
    excluidos en los sesgos estructurales escandalosos de los programas de
    conferencias del ICCAS, de la Universidad de Miami, del CRI de Florida
    International University, los periódicos, radios, canales de televisión
    y otros foros en el sur de la Florida. Ni de mercado libre de ideas
    pueden hablar, pues el Gobierno de Estados Unidos los subsidia en Radio
    y TV Martí.
    Esa gente sigue allí porque tienen el dinero de los contribuyentes,
    botado a raudales por el Gobierno de Estados Unidos, pero no engañan al
    que no se quiere dejar engañar. Hablan de racismo y homofobia en Cuba,
    pero no lo tocan en el exilio. Tratan con suavidad a los de la derecha
    pro-embargo, como si fueran gente noble equivocada, mientras se reservan
    toda denuncia dura contra el gobierno cubano. Son “pluma vendida”, que
    es pluma muerta. Hipócritas, que se acuerdan de los derechos humanos los
    martes y jueves (cuando les conviene) y se olvidan de la libertad de
    expresión y de los derechos los lunes, miércoles y viernes, cuando sus
    aliados son los violadores. Para ser demócrata hay que serlo la semana
    entera.
    Pero nada de eso justifica una expulsión de una universidad en Cuba por
    pensar diferente. Es un ultraje al nombre de José Martí usar el adjetivo
    martiano en un acto de naturaleza represiva al pensamiento, como lo hace
    el comunicado. El Apóstol fue condenado por escribir una carta a un
    apóstata, al que le recordaba la pena que se le aplicaba a los de su
    clase en la antigüedad, pero jamás abogó por imponerle a la brava a
    nadie una forma de pensar. La persuasión y el apelar a la moral y la
    dignidad del ser humano fueron su prédica y acción.
    Martí llamó a crear repúblicas nuevas, “naturales”, ajustadas a los
    pueblos que se gobierna, pero tenía principios de libertad muy claros.
    Desde ese espíritu martiano, no soy partidario de copiar en Cuba, el
    absolutismo de la primera enmienda norteamericana, en términos de
    libertad de expresión irrestricta en áreas como el tratamiento a los
    símbolos patrios, la apología al terrorismo, o la autorización a
    organizaciones que promuevan el odio racial o la concesión a poderes
    extranjeros de prerrogativas que caen exclusivamente bajo soberanía
    cubana (como lo hace el embargo/bloqueo norteamericano).
    Las universidades son espacios para pensar lo impensable y decir lo
    indecible. Son el reservorio primero de la libertad de pensamiento en
    una nación. A la universidad se va a debatir, cuestionar, y reflexionar,
    no a reafirmarse en la comodidad de ideas preconcebidas, ni a ser
    “becario del pensamiento oficial”. Muchas de las ideas que llevaron a
    los progresos más importantes de la historia de Cuba, incluida la
    independencia y la Revolución, no eran apoyadas inicialmente por una
    clara mayoría.
    Es en esos predios donde la liberación se alcanza por el ejercicio de la
    cultura. La educación no puede ser tal si no se logra en y para la
    libertad. En todos los lugares los debates de ideas tienen márgenes
    estructurales, explícitos e implícitos. La ampliación de esos márgenes,
    y un movimiento hacia mayores libertades, es una necesidad nacional
    dictada por un país y una sociedad que es cada día más plural. La
    democratización ordenada de las estructuras y foros es funcional al
    interés nacional para un mayor desarrollo e integración con estabilidad
    política. Lo patriótico no es apisonar y reprimir la diferencia, sino
    canalizarla dentro de valores nacionalistas. Un patrón preocupante
    parece emerger con el cierre del contrato al profesor Julio Fernández
    Estrada por sus artículos, y ahora se expulsa a una alumna por ser
    miembro de un grupo opositor que quiere presentar candidatos en las
    elecciones del propio sistema político. Es manipulador mezclar por
    tirios y troyanos visiones históricas de contextos completamente
    diferentes. No es lo mismo resistirse a que la UCLV sirva para rendir
    honores al guerrillero anti-castrista Porfirio Ramírez, cuyo grupo
    estaba insurreccionado en alianza con un poder extranjero en su lucha
    armada y terrorista contra el gobierno de su país y matando maestros,
    que usar el discurso revolucionario para acallar opiniones pacíficas sin
    vínculo conocido con las políticas norteamericanas de cambio de régimen.
    La defensa de la Revolución —como la quieran entender los que la
    arguyen— no puede ser más importante que el respeto a derechos humanos
    que son inalienables estándares internacionales. Allí terminan los
    intereses de Cuba, los martianos, y empiezan los de aquellos que
    pretenden proteger su arrogancia y pretensión de superioridad con
    prácticas totalitarias. Para defender eso tendrán frases de Lenin, pero
    no de José Martí. “Ser cultos para ser libres” dijo el más grande de
    todos los cubanos, que pidió de todos sus compatriotas un culto a la
    dignidad plena de todos, de la tuya, de la mía, de la de aquel o aquella
    que tiene un pensamiento diferente.

    Source: A propósito de la expulsión de una estudiante de la Universidad
    Central de Las Villas – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/a-proposito-de-la-expulsion-de-una-estudiante-de-la-universidad-central-de-las-villas-329153

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