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    Cubazuela, un triple fracaso del castrismo

    Cubazuela, un triple fracaso del castrismo
    FABIO RAFAEL FIALLO | Ginebra | 4 de Mayo de 2017 – 09:08 CEST.

    Auspiciado por Fidel Castro y puesto en marcha por Hugo Chávez, el
    proyecto de crear una alianza entre los regímenes de Cuba y Venezuela,
    bautizado Cubazuela (también Venecuba), empezó con bombos y platillos.
    La firmeza ideológica del primero y la riqueza petrolera del segundo
    trabajarían de forma mancomunada para sentar las bases de un socialismo
    indestructible y próspero. El petróleo al servicio de la “Revolución”.

    Para Cuba, tal proyecto era su única tabla de salvación. Después de
    haber hundido una economía como la cubana, que al momento de la toma del
    poder por el castrismo en 1959 ocupaba el tercer lugar en el continente
    latinoamericano en términos de PIB per cápita, la “Revolución” logró
    sobrevivir gracias únicamente a la astronómica ayuda de la Unión
    Soviética. Luego, al producirse el derrumbe del bloque soviético y por
    consiguiente el fin de aquella ayuda vital, el régimen castrista sometió
    al pueblo cubano a las asfixiantes privaciones de los aciagos años del
    llamado Periodo Especial, las cuales no eran políticamente sostenibles.

    Había, pues, que buscar un nuevo benefactor. El régimen cubano lo
    encontró en la persona de Hugo Chávez Frías, quien profesaba una
    enceguecedora idolatría por el castrismo.

    Al inicio del proyecto Cubazuela, sus líderes se encontraban ante una
    disyuntiva: transponer en Venezuela el fracasado modelo económico
    castrista de demonización de la iniciativa privada y estatización a
    ultranza o, por el contrario, sacar lecciones de esa malograda
    experiencia e intentar algo distinto, conforme a los imperativos de las
    leyes del mercado y por ende más eficiente.

    Los hermanos Castro y Hugo Chávez, y más tarde Nicolás Maduro,
    escogieron la primera opción. En tal decisión primó seguramente el hecho
    de que Venezuela cuenta con las mayores reservas de petróleo del mundo;
    de ahí a concluir que se podía llenar de opositores los calabozos y
    cementerios de Venezuela, pasar por encima de criterios de rentabilidad
    económica propios de una economía de mercado, y dar prioridad a la
    consolidación de un socialismo ortodoxo puro y duro —incluso si el mismo
    nunca ha sido capaz de asegurar el progreso— no había más que un paso
    que los jerarcas de Cubazuela se apresuraron ufanos a dar.

    Dicha apuesta ha resultado ser un fiasco espeluznante. No menos que la
    cubana, la economía de Venezuela se encuentra hoy día hecha jirones.
    Escasez de productos de primera necesidad, inflación de tres dígitos,
    endeudamiento externo insostenible, son los principales ingredientes de
    un colapso económico que ha llevado a Venezuela a la antesala de un
    estallido social y a una crisis política e institucional de
    consecuencias impredecibles.

    En la debacle venezolana, el castrismo tiene una indiscutible cuota de
    responsabilidad. ¿Cómo no tenerla, cuando miles de “asesores” cubanos
    pululan diariamente en los ministerios y casernas de Venezuela? Es
    imposible imaginar, pues, que la orientación económica del régimen
    chavista, tanto en la época de Hugo Chávez como ahora con Nicolás
    Maduro, haya sido adoptada y mantenida sin consultar al régimen
    castrista y obtener su visto bueno.

    Es así que el fiasco económico del país más rico en petróleo del mundo
    constituye un segundo fracaso del castrismo, más espectacular y
    humillante aun que el hundimiento de la otrora tercera economía más
    próspera del continente.

    A ese doble desastre económico, hay que añadir un tercer fracaso del
    castrismo, este último de índole política, a saber: haber apostado a la
    viabilidad de reproducir en Venezuela el sistema represivo que le ha
    permitido al régimen cubano mantenerse en pie por más de cinco décadas.

    Tan tenebrosa apuesta ha rodado en pedazos con las multitudinarias
    manifestaciones contra el régimen castromadurista que actualmente se
    producen en Venezuela.

    En su afán de repetir el modelo represivo vigente en Cuba, el
    castrochavismo se equivocó de tiempo y de lugar: no tuvo en cuenta que
    las condiciones en la Venezuela de hoy son harto diferentes a las que
    prevalecían en la época en que el régimen cubano logró consolidarse a
    fuerza de represión.

    En aquella época, el castrismo vivía al amparo económico y político de
    la Unión Soviética. En tales condiciones, no había presión internacional
    ni malestar económico interno suficientemente contundentes como para
    hacer plegar al régimen de La Habana. El castrismo podía actuar como le
    viniese en ganas, prescindir de legitimidad internacional, transgredir
    los más mínimos criterios de rentabilidad, dar la espalda a los mercados
    financieros, e incluso repudiar la deuda externa como de hecho lo hizo,
    pues contaba con la protección política del Kremlin y el inagotable maná
    que de la Unión Soviética le llovía.

    Tal no es el caso en la Venezuela de hoy, y ello por dos razones.

    En primer lugar, las posibilidades de contestación en Venezuela son
    actualmente mayores que en cualquier momento de la tiranía castrista.
    Prueba de ello es el hecho de que el castrochavismo no pudo impedir el
    apabullante triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias de
    diciembre de 2015. También lo es la necesidad en que se vio el régimen
    venezolano de dar marcha atrás en su contragolpe contra la Asamblea
    Nacional en manos de la oposición. Prueba de ello, finalmente, es la
    tenacidad con que el pueblo venezolano sale a las calles exigiendo
    elecciones generales y la liberación del más del centenar de presos
    políticos.

    En segundo lugar, a diferencia de Cuba en la época del apoyo de la Unión
    Soviética, y posteriormente durante los años de los altos precios
    mundiales del petróleo que le permitían a Hugo Chávez mantener el
    castrismo en vida, el régimen económicamente exangüe de Venezuela no
    cuenta con un benefactor dispuesto a socorrerlo. Ni siquiera puede dejar
    de honrar sus compromisos financieros (como hizo Cuba) ni prescindir de
    nuevos préstamos internacionales.

    En el fracaso político de los jerarcas de Cubazuela, juega un papel
    preponderante el arrojo de los venezolanos, quienes han llegado a la
    conclusión de que más vale arriesgar la vida, exigiendo democracia y
    libertad, que morir lentamente de hambre, represión e inseguridad.

    En su intento de sofocar la creciente indignación y movilización del
    pueblo venezolano, Maduro y los suyos han llevado la represión a niveles
    exorbitantes, generando así un repudio masivo de los gobiernos de la
    región y otros actores claves de la comunidad internacional.

    Maduro y sus asesores cubanos no se dan cuenta de que les hace tanto o
    más daño, en términos de imagen internacional, tratar de sofocar las
    protestas a golpe de asesinatos y bombas lacrimógenas, que permitir
    manifestaciones que pongan al desnudo la magnitud del descontento popular.

    La fortaleza y tenacidad de las protestas populares y la presión
    internacional están minando la unidad del chavismo. Unos por un genuino
    repudio moral a la represión desatada por el régimen venezolano, otros
    por simple temor a ser juzgados cómplices de crímenes contra la
    humanidad (de por sí imprescriptibles), cada vez son y serán menos los
    chavistas dispuestos a comprometerse con la clique que los dirige.

    La convocatoria por decreto a una asamblea comunal constituyente,
    decidida recientemente por Maduro con el ostensible propósito de
    desactivar la Asamblea Nacional e impedir elecciones generales libres e
    imparciales, no hará sino exacerbar el repudio popular y provocar
    condenas dentro de las filas mismas del chavismo.

    El proyecto Cubazuela muere así sin pueblo ni gloria, abocado a un
    vergonzoso entierro de pacotilla en el plano histórico y moral.

    Su muerte llega en un momento crítico para el régimen cubano. Con el
    hundimiento económico de Venezuela, más los paupérrimos resultados
    obtenidos por las llamadas “actualizaciones” de Raúl Castro (resultados
    que confirman que de economía el castrismo no ha aprendido nada), la
    nueva generación que aguarda en la gatera del poder en La Habana estará
    obligada a cuestionar el modelo socialista y —aunque solo sea para
    contener el vendaval del rechazo popular que un nuevo “Periodo Especial”
    produciría— aceptar la apertura económica y política que tanto ansía el
    noble y sufrido pueblo de Martí.

    Source: Cubazuela, un triple fracaso del castrismo | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1493844719_30847.html

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