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    Vocación totalitaria

    Vocación totalitaria
    FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 7 de Mayo de 2017 – 08:59 CEST.

    En la mayoría de las personas suele haber un punto de quiebre moral:
    aquel donde el bien obrar se impone a cometer una injusticia, un abuso.
    En ese instante de reflexión interna, la persona humana se da cuenta del
    daño que pudiera ocasionar a sus semejantes, y para, se detiene, dice
    que no, que hasta ahí no llega. No hay ideología o creencia que lo haga
    continuar. El freno moral, bebido desde temprana edad, alimentado en
    familia y en sociedad, es lo que nos preserva de ser injustos y
    abusadores.

    Por desgracia hay otro reducidísimo grupo de individuos que, quien sabe
    por qué extraña razón que la psicopatología aún no explica totalmente,
    son capaces de sobrepasar esas contenciones morales. Sin temblarles el
    pulso, serían capaces de fulminar a sus amigos o sus propios padres si
    así se lo ordenaran. Estas personas son las que nutren las pandillas y
    los sistemas totalitarios, que funcionalmente son muy parecidos. Los
    antiguos clínicos los definían como “locos morales”, “manía razonante” y
    otras etiquetas menos pomposas. Vienen al mundo con una aptitud muy
    definida: hacer daño a los demás y no tener remordimiento. Incluso,
    disfrutarlo.

    El tema viene a tono con los infortunios y la censura más o menos
    encubierta que ha recibido la película Santa y Andrés de Carlos Lechuga.
    No es ni será el último filme que corra esa suerte. Pero nos recuerda
    que aun en el peor de los escenarios represivos siempre hay hombres y
    mujeres buenos que se resisten a apretar el gatillo, a endulzar la
    cuartilla, a delatar al hermano o la novia, a dar golpes y gritarle
    groserías a mujeres cuyo delito es caminar pacíficamente por una avenida
    de la Habana que es de todos.

    Ya Fresa y Chocolate (1993) nos enseñaba la reserva moral de quienes se
    oponen al abuso. En una escena transicional, David, el personaje que
    encarna Vladimir Cruz, sale de la casa de Diego, el homosexual que
    quiere ser su amigo. David es un joven comunista. Pasa frente a una
    vidriera, y masculla con ira que van a “partir a este tipo”. Pero se
    detiene frente al vidrio que como espejo le devuelve su rostro agrio, y
    se pregunta: “C…, ¿Me estaré volviendo un hp?”.

    La reciente Santa y Andrés retoma el dilema del vigilante y el vigilado.
    Quién es al final prisionero de quién pues, como sucedió a San Pablo con
    su captor, el preso no puede escapar físicamente del guardia, pero el
    guardia no puede escapar al discurso del prisionero. Santa es una obrera
    que cumple con la “tarea” de permanecer sentada en la puerta de la casa
    del escritor homosexual. Con el tiempo, Santa va convirtiéndose en la
    prisionera de sus propias incoherencias, y Andrés se va liberando,
    vigilante revolucionaria mediante, de la frustración y la soledad en que
    ha quedado.

    Santa y David no son casos raros. Diríase frecuentes sostenedores, por
    un tiempo, del ambiente donde el disenso, al mejor estilo orwelliano, es
    perseguido desde su emergencia. El proceso de educación amoral comienza
    desde temprano, en las “madrasas” totalitarias que suelen ser las becas
    y otras entidades de reclusión parcial. La separación familiar facilita
    la aparición del líder que redime, salva, es el “papá de todos”. Los
    educandos, vocacionalmente aptos para la delación y la envidia, son
    presas del delirio de la impiedad: quienes no piensan igual son
    enemigos; peligrosos gusanos, cucarachas, escuálidos y pelucones que no
    merecen ni el aire que respiran. Y como insectos que son, deben ser
    exterminados.

    La educación vocacional totalitaria tiene un punto inercial: cuándo y
    cómo se alcanza la categoría de confiable. David, para lograrlo en la
    película de Tomás Gutiérrez Alea, debe informar hasta de las relaciones
    sexuales de Diego. Santa debe descubrir donde Andrés esconde su libro
    contrarrevolucionario. La nota se da en confiable y no confiable:
    confiable es aquel a quien no le tiembla el pulso para trasgredir las
    más elementales normas de humanidad; la frialdad y hasta el regocijo con
    que cumplen las órdenes. No confiable es aquel que duda para tirar un
    huevo, gritar una mala palabra, lanzar bombas lacrimógenas al pecho de
    los jóvenes o simplemente no llorar lo suficiente en el duelo de un líder.

    No por gusto en ambos filmes, los que “atienden” a Santa y al joven
    comunista les advierten, ante la duda moral, que están dejando de ser
    “confiables”. Y les exigen hacer actos de contrición y repudio público.
    En el caso de la película de Lechuga, la escena donde Santa es obligada
    entre lágrimas a tirarle huevos a Andrés es desgarradora.

    Los cubanos “agusanados” que alguna vez fueron “confiables” —muchos,
    porque de otra manera el proceso no se hubiera sostenido medio siglo—
    podrían decir cuándo tuvieron su quiebre moral; dónde y qué día dijeron
    “hasta aquí llegué con esta gente”. Pudo ser una palabra, un gesto, la
    negación de un viaje o de unas vacaciones. O si “le pisaron el callo”
    durante el Quinquenio Gris, los actos de repudio del Mariel, las causas
    número Uno y Dos y el fin de la “inocencia revolucionaria”.

    Lo de Santa y Andrés no es una simple censura. Las críticas de los
    comisarios culturales cubanos son incriminatorias: es una película
    inconveniente, peligrosa, devastadora para el régimen. Ha llegado en el
    momento que no podía llegar; cuando más se necesita de vocación
    totalitaria para abarcarlo y controlarlo todo. Porque una sencilla obra
    de arte puede ser como el espejo frente al cual David se pregunta, en un
    acto de profunda e inconsciente reflexión, si se estará convirtiendo en
    hijo de su madre.

    Source: Vocación totalitaria | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cultura/1494010359_30902.html

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