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    Los diez rasgos populistas de la Revolución cubana

    Los diez rasgos populistas de la Revolución cubana
    CARLOS ALBERTO MONTANER, Miami | Junio 09, 2017

    ¿Se puede calificar de populista a la Revolución cubana? Se puede y debe
    hacerse. Enseguida lo veremos.

    En diciembre 19 del 2016 The Economist admitía que la palabra populismo
    significaba muchas cosas. Servía para caracterizar a Donald Trump,
    presidente de Estados Unidos, al comunista español Pablo Iglesias, líder
    de Podemos, al violento presidente filipino Rodrigo Duterte, inductor de
    las ejecuciones de cientos de personas acusadas de narcotráfico, o
    incluso a Evo Morales, presidente de Bolivia y portavoz de los cocaleros
    de su país, lo que lo hubiera convertido en víctima de Duterte si
    hubiera sido filipino.

    Esas aparentes contradicciones no deben sorprendernos. El populismo no
    es exactamente una ideología, sino un método para alcanzar el poder y
    mantenerse en él.

    El populismo le sirve a la derecha y a la izquierda, a ciertos
    conservadores y a los comunistas. Incluso, pueden recurrir a él
    formaciones democráticas dispuestas a ganar y perder elecciones, como
    sucede con el peronismo argentino o el PRI mexicano, u otras, como el
    chavismo venezolano, que lo utilizan para alcanzar el poder y, una vez
    encumbrados, se afianzan contra todo derecho en la poltrona presidencial
    y arman verdaderas dictaduras.

    En todo caso, la palabra populismo servía para casi todo. El vocablo,
    dotado de una sorprendente elasticidad semántica, había evolucionado
    notablemente desde que fue acuñado en Estados Unidos en la última década
    del siglo XIX para designar a un sector rural del Partido Demócrata
    adversario de los más refinados republicanos, entonces calificados de
    elitistas alejados de la realidad del pueblo agrícola norteamericano. En
    esa época, como ocurría en el resto del planeta, más de la mitad de la
    población norteamericana obtenía su sustento de tareas relacionadas con
    el campo.

    Pero más que sustituir esa acepción de la palabra –el rechazo a las
    élites– , se le fueron agregando otras características, sin que
    desapareciera el desprecio por los intelectuales, por las personas
    adineradas, los núcleos cercanos al poder, y todo aquel que se desviara
    del culto por el “pueblo verdadero”.

    De alguna manera, ese viejo rencor hincaba sus raíces en la Revolución
    francesa y la devoción popular por los sans-culottes, aquellos jacobinos
    radicales que odiaban hasta la manera de vestir de nobles y burgueses
    enfundados en unos ajustados bombachos de seda –los culottes– y pusieron
    de moda el áspero pantalón de los trabajadores.

    Aunque no se llamara populismo, ésa fue la actitud de Stalin cuando
    recetó e impuso el “realismo socialista” –una fórmula ajena y
    refractaria a cualquier vanguardia– para proteger la esencia
    nacionalista del pueblo ruso, lo que lo llevó a calificar de estúpida la
    ópera Macbeth de Dmitri Shostakóvich porque estaba, decía, infestada de
    cosmopolitismo.

    Lo verdaderamente revolucionario y de izquierda era lo que conectara con
    la esencia campesina y viril del pueblo ruso.

    En ese sentido, en Estados Unidos eran populistas los que se burlaban de
    los eggheads que rodeaban al presidente John F. Kennedy. O en Camboya
    los matarifes empleados por Pol-Pot para asesinar o reeducar a millones
    de estudiantes y maestros procedentes de las ciudades.

    Incluso, fueron populistas los patriotas maoístas que perseguían a los
    sospechosos de mil desviacionismos, incluidos los que utilizaban gafas
    para subrayar su superioridad intelectual en la China de Mao durante la
    Revolución Cultural. (Hasta eso, utilizar lentes, llegó a ser
    considerado un síntoma de decadencia durante el espasmo
    maoísta-populista de la Revolución Cultural china).

    La Revolución Cubana también tiene algo de ese salvaje primitivismo
    anti-establishment. Durante décadas fue desechada la corbata burguesa y
    el trato respetuoso de usted. Lo revolucionario eran la guayabera o la
    camisa varonil, la ropa de mezclilla de los obreros, la palabra
    compañero o compañera para dirigirse al otro, porque se había desterrado
    del lenguaje y de las apariencias todo lo que pudiera calificarse de
    elitista.

    Lo revolucionario, lo propio del “hombre nuevo”, algo que los niños
    aprendían muy pronto en la escuela, era a ser como el Che, una persona
    que proclamaba como una virtud la falta de aseo.

    Es decir, la Revolución prefería a los niños desaliñados, desinteresados
    de los signos materiales, refractario a las colonias y a los
    desodorantes, porque un verdadero macho no necesita de esos aditamentos
    feminoides. La “gente verdadera”, que eran los revolucionarios, no
    sucumbían a esos comportamientos ultraurbanos y pequeñoburgueses de la
    “gente falsa”.

    Los diez rasgos universales del populismo

    Tal vez uno de los mejores acercamientos al tema, uno de los intentos
    más certeros de definir de qué estamos hablando cuando mencionamos la
    palabra populismo, es el del profesor de Princeton Jan-Werner Müller en
    su breve libro What is populism, publicado en el 2016 por la University
    of Pennsylvania Press de Filadelfia.

    En esencia, se mantiene la definición original de quienes desprecian a
    las élites corrompidas por la dolce vita de inspiración occidental, pero
    se agregan otros diez factores como:

    1. El exclusivismo: sólo “nosotros” somos los auténticos representante
    del pueblo. Los “otros” son los enemigos del pueblo. Los “otros”, por lo
    tanto, son unos seres marginales que no son sujetos de derecho.

    2. El caudillismo: se cultiva el aprecio por un líder que es el gran
    intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende a las
    instituciones y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la
    patria (Mussolini, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez).

    3. El adanismo: la historia comienza con ellos. El pasado es una
    sucesión de fracasos, desencuentros y puras traiciones. La historia de
    la patria se inicia con el movimiento populista que ha llegado al poder
    para reivindicar a los pobres y desposeídos tras siglos de gobiernos
    entreguistas, unas veces vendidos a la burguesía local y otras a los
    imperialistas extranjeros.

    4. El nacionalismo: una creencia que conduce al proteccionismo o a dos
    reacciones aparentemente contrarias. El aislacionismo para no mezclarnos
    con los impuros o el intervencionismo para esparcir nuestro sistema
    superior de organizarnos.

    5. El estatismo: es la acción planificada del Estado y nunca el
    crecimiento espontáneo y libre de los empresarios lo que colmará las
    necesidades del pueblo amado, pero necesariamente pasivo.

    6. El clientelismo: concebido para generar millones de estómagos
    agradecidos que le deben todo al gobernante que les da de comer y acaban
    por constituir su base de apoyo.

    7. La centralización de todos los poderes: El caudillo controla el
    sistema judicial y el legislativo. La separación de poderes y el llamado
    check and balances son ignorados.

    8. El control y manipulación de los agentes económicos, comenzando por
    el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir
    billetes al dictado de la presidencia.

    9. El doble lenguaje: La semántica se transforma en un campo de batalla
    y las palabras adquieren una significación diferente. “Libertad” se
    convierte en obediencia, “lealtad” en sumisión. Patria, nación y
    caudillo se confunden en el mismo vocablo y se denomina “traición”
    cualquier discrepancia.

    10. La desaparición de cualquier vestigio de “cordialidad cívica”. Se
    utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. El enemigo es
    siempre un gusano, un vendepatria, una persona entregada a los peores
    intereses.

    La Revolución cubana encaja perfectamente en ese esquema

    El marxismo-leninismo admite estos rasgos populistas sin grandes
    contradicciones. De alguna manera, la pretensión marxista de haber
    descubierto las leyes que gobiernan la Historia es una perfecta coartada
    pseudocientífica para que afloren los síntomas.

    Exclusivismo

    La revolución cubana es exclusivista. “Fuera de la Revolución, nada”,
    dijo Fidel en 1961 en su discurso Palabras a los intelectuales. Y
    enseguida apostrofó: “dentro de la revolución, todo”. Sus líderes no
    tienen el menor remordimiento cuando advierten que “la universidad es
    sólo para los revolucionarios”. O cuando cancelan y persiguen toda
    opción política que no sea la que ellos preconizan. O cuando alientan a
    las turbas a que persigan y les griten a los desafectos o a los gays que
    “se vayan”, porque los cubanos no tienen derecho a vivir en el país si
    no suscriben la visión oficial definida por la Revolución o si no tienen
    la inclinación sexual de los “verdaderos cubanos”. Todo el que no es
    revolucionario es “escoria”. Es despreciable y, por lo tanto, extirpable.

    En Cuba ni siquiera ha sido posible inscribir verdaderas ONGs
    extraoficiales (y la oposición lo ha tratado) porque el Gobierno ha
    estabulado a la sociedad en varias instituciones exclusivas – Comités de
    Defensa, Federación de Mujeres Cubanas, Confederación de Trabajadores
    Cubanos, Federación de Estudiantes, etc. –, presididas por el Partido
    Comunista y su ala juvenil. Ya lo dijo Fidel: “fuera de la Revolución,
    nada” y “a los enemigos, ni un tantico así”.

    Caudillismo

    El caudillismo es y ha sido la seña de identidad más evidente de la
    Revolución cubana. Fidel Castro, desde 1959 hasta su forzado retiro en
    el 2006 debido a una grave enfermedad, hizo lo que le dio la gana con la
    sociedad cubana. A partir de ese momento, se transformó en la
    inspiración de su hermano Raúl, escogido por él para sucederlo en el
    trono, algo que oficialmente ocurrió en el 2008, pero que en realidad no
    culminó hasta el 25 de noviembre de 2016, cuando Fidel, finalmente,
    murió tras 90 años de una vida agitada.

    Fidel, con la permanente complicidad de Raúl, lo hizo todo de manera
    inconsulta: desde cambiar el sistema económico del país introduciendo el
    comunismo, lo que implicó la desbandada de los empresarios y el
    empobrecimiento de la sociedad, hasta convertir la nación en un nuevo
    satélite de la URSS, sacando a los cubanos de su hábitat cultural
    latinoamericano. Ejerciendo su omnímoda voluntad, llevó a los cubanos a
    pelear en interminables guerras africanas, mientras desarrollaba decenas
    de “focos” revolucionarios, como el que le costó la vida al Che Guevara
    en Bolivia en 1967. Fidel, y luego Raúl, no sólo han sido los caudillos.
    Han sido los amos de una plantación de verdaderos esclavos.

    Adanismo

    El adanismo ha sido parte esencial del discurso de la Revolución cubana.
    El sustantivo proviene de Adán, el primer hombre sobre la tierra según
    el mito bíblico. Nunca hubo verdaderos cubanos, gallardos e
    independientes, hasta que triunfó la Revolución. Ahí comenzó la
    verdadera historia de la patria y de los patriotas.

    Entre José Martí, muerto en 1895 combatiendo a los españoles, y Fidel
    Castro, Máximo Líder de la Revolución desde 1959, hay un total vacío
    histórico. Para subrayar esos nexos, Fidel Castro dio órdenes de que a
    su muerte lo sepultaran junto a Martí. Así se hizo en noviembre de 2016.

    En ese fantástico relato adánico, la Revolución es la única heredera de
    los mambises independentistas que se enfrentaron a los españoles. La
    república fundada en 1902 no existe. Fue una pseudorepública fantasmal
    subordinada a los yanquis, descalificada por la Enmienda Platt que
    autorizaba la intervención de Washington en caso de que se interrumpiera
    el curso democrático. (La Enmienda Platt fue derogada en 1934, pero ese
    dato no obsta para que una de las frecuentes acusaciones a la oposición
    sea la de plattista).

    Los ataques a la pseudorepública se llevaban a cabo en todos los
    frentes, incluido el del entretenimiento. Uno de los programas más
    populares de la televisión cubana se titulaba San Nicolás del Peladero,
    emitido semanalmente por la televisión entre los años 60 y 80 del siglo
    pasado. Era un pueblo imaginario de la Cuba prerrevolucionaria,
    gobernado por un alcalde del Partido Liberal, tramposo y deshonesto,
    pero los conservadores no le iban a la zaga. El propósito era
    caricaturizar la época y burlarse de la República. Era reforzar en el
    pueblo la idea de que la historia real y gloriosa del país independiente
    comenzó en 1959.

    Nacionalismo

    Fidel Castro y sus cómplices nunca se molestaron en explicar cómo se
    podía hacer una revolución comunista en Cuba sin renunciar al
    nacionalismo, pero igual sucedía en la URSS, donde se cultivaban sin
    tregua ni pausa las raíces de la madre patria Rusia aunque ello fuera
    profundamente antimarxista.

    El nacionalismo, pues, proclamado con fiereza, ha sido una de las señas
    de identidad de la Revolución cubana, y muy especialmente desde la
    desaparición de la URSS. Sólo que el nacionalismo conduce
    inevitablemente al proteccionismo en el terreno económico, aunque en el
    político el régimen cubano, mientras protesta airado contra cualquier
    acción o crítica sobre o contra la Revolución, invariablemente
    calificada como “injerencista”, al mismo tiempo proclama su derecho a
    inmiscuirse en los asuntos de cualquier país mientras repite la consigna
    de que “el deber de cualquier revolucionario es hacer la revolución”.

    Estatismo

    Hay un estatismo económico, que es el más difundido, que supone, contra
    toda experiencia, que le corresponde al Estado crear y preservar las
    riquezas. Ahí se inscriben las expresiones “soberanía alimentaria”,
    control de las “empresas estratégicas”, las “nacionalizaciones” (que
    son, realmente, estatizaciones), o el fin de la plusvalía, como quería
    Marx, por medio de la transferencia al sector público de las actividades
    privadas.

    La Cuba comunista, como nadie disputa, ha sucumbido a esos
    planteamientos estatistas al extremo de haber sido la sociedad más
    estatizada del perímetro soviético, especialmente desde que en 1967
    decretó la confiscación de casi 60.000 microempresas (todas las que
    había) en lo que llamó la Ofensiva revolucionaria. Pero acaso eso, con
    ser radicalmente injusto y empobrecedor, no es lo más grave. Al fin y al
    cabo, el populista es casi siempre estatista, especialmente si se coloca
    a la izquierda del espectro político.

    Lo más pernicioso es el razonamiento, fundado en la expresión “razón de
    Estado”, acuñada por Maquiavelo, quien le llamara Arte dello Stato
    (Discursos sobre la primera década de Tito Livio), que comienza por
    admitir que a la patria se le sirve “con ignominia o con gloria”, lo que
    lleva a los gobernantes populistas a cometer cualquier crimen o
    violación de la ley amparándose sin recato en el patriotismo. La
    revolución es un Jordán que limpia cualquier exceso.

    Esa coartada, esa “razón de Estado”, les sirve a los gobernantes
    populistas para cometer toda clase de crímenes. No dicen, como
    Maquiavelo, que lo primordial es proteger al Estado, sino algo muy
    parecido porque la idea de revolución se ha confundido, a propósito, con
    la de nación, caudillo, y pueblo.

    En Cuba todo se justifica con proteger a la Revolución, sinónimo de
    Estado. Y ese todo incluye desde encarcelar a decenas de miles de
    ciudadanos, como el Comandante Huber Matos, hasta asesinar a Oswaldo
    Payá o a decenas de personas que huían a bordo de una vieja embarcación
    llamada 13 de marzo, en la que viajaban numerosos niños. Para ellos son
    gajes del oficio, peccata minuta que se redimirá en el futuro radiante
    que les espera a los cubanos cuando llegue el comunismo.

    Clientelismo

    Fidel Castro, lector de Mussolini e imitador de su discípulo Perón,
    sabía que lo primero que debe hacer un gobernante populista es crearse
    una base de apoyo popular asignando privilegios a sabiendas de que a
    medio plazo eso significará la ruina del conjunto de la sociedad.

    En 1959 comenzó por congelar y reducir arbitrariamente el costo de los
    alquileres y de los teléfonos y electricidad en un 50%, al tiempo que
    decretaba una reforma agraria que transfería a los campesinos en
    usufructo (no en propiedad) una parte sustancial de las tierras.

    Esto le ganó, provisionalmente, el aplauso entusiasta de millones de
    cubanos (que era lo que perseguía), aunque destruyó súbitamente la
    construcción de viviendas y paralizó las inversiones en mantenimiento y
    expansión, tanto de la telefonía como de las redes eléctricas y de la
    conducción de agua potable, lo que luego sería una catástrofe para la
    casi totalidad de la sociedad. (Lo de “casi” es porque la nomenklatura,
    acaso el 1% de la población, suele estar a salvo de estas carencias
    tercermundistas).

    Fue entonces, a partir del primer reclutamiento clientelista, cuando en
    cientos de miles de viviendas los cubanos agradecidos comenzaron por
    colocar en sus hogares letreros que decían “Fidel, esta es tu casa”, a
    los que luego agregaron otro más obsequioso que demostraba que le habían
    entregado al caudillo cualquier indicio de juicio crítico: “Si Fidel es
    comunista, que me pongan en la lista”.

    En todo caso, esa primera fase sería provisional, en la medida en que se
    creaba el verdadero sostén de la dictadura: los servicios de
    inteligencia, para lo que tuvo abundante ayuda soviética. En 1965 ya la
    contrainteligencia controlaba totalmente a la sociedad cubana, dedicada
    a desfilar bovinamente en todas las manifestaciones, mientras la
    inteligencia se dedicaba a fomentar los focos revolucionarios en medio
    planeta.

    El clientelismo revolucionario, por supuesto, no se consagró solamente a
    los cubanos. Los extranjeros útiles como caja de resonancia (Sartre,
    García Márquez, por ejemplo), o por los cargos que desempeñaban (el
    chileno Salvador Allende, el mexicano López Portillo, entre cientos de
    casos) eran cortejados y ensalzados en una labor de reclutamiento tan
    costosa como eficaz a la que le asignaban decenas de millones de dólares
    todos los años. A su manera, también eran estómagos o egos agradecidos.

    Centralización de poderes

    En Cuba no existe el menor vestigio de separación de poderes. Durante
    los primeros años de la Revolución el Consejo de Ministro, cuyo factótum
    era Fidel, se ocupaba de legislar al tiempo que despedían a los jueces
    independientes y nombraban a “compañeros revolucionarios” en esos cargos.

    Los comunistas no creen en la separación de poderes. Los cubanos le
    llaman a la Asamblea Nacional del Poder Popular, el Parlamento de la
    nación, los niños cantores de La Habana. Se trata de un coro afinado y
    obsecuente que jamás ha discutido una ley o hecho una proposición crítica.

    Son convocados dos veces al año por periodos muy breves para refrendar
    las decisiones del Ejecutivo, que hoy son, claro está, las de Raúl, como
    hasta su muerte fueron las del Comandante. De acuerdo con la famosa
    frase mexicana atribuida al líder sindical oficialista Fidel Velázquez
    con relación al PRI: “el que se mueve no sale en la foto”.

    El Poder Judicial es, igualmente, una correa de transmisión de la
    autoridad central. Si el pleito tiene algún componente ideológico, la
    sentencia se estudia y genera en la policía política. Incluso, cuando se
    trata de un delito común, pero el autor es un revolucionario o un
    desafecto connotado, esa circunstancia se toma en cuenta.

    Cuando el comandante Universo Sánchez, un líder histórico de la
    Revolución, asesinó a un vecino por un pleito personal, la condena fue
    mínima, dados los antecedentes políticos del delincuente. En Cuba todos
    son iguales ante la ley … menos los héroes revolucionarios o los
    opositores.

    Control económico

    En Cuba no hay el menor factor económico aislado de las órdenes de la
    cúpula dirigente. Como no existe el mercado, el Gobierno decide el
    salario y el precio de las cosas y servicios. Y como el Banco Central o
    Nacional es un apéndice del Ministerio de Economía, sin la menor
    independencia, ahí se fija arbitrariamente el valor de la moneda, el
    monto de los intereses o la cantidad de papel moneda que se imprime.

    Por otra parte, las empresas extranjeras que operan en el país, siempre
    asociadas al Gobierno, tienen que reclutar a sus trabajadores por medio
    de una entidad oficial que les cobra en dólares, pero paga los salarios
    en pesos, confiscando a los trabajadores hasta el 95% de lo que obtienen.

    Asimismo, el país posee dos monedas: el CUC y el peso corriente y
    moliente. El peso convertible o CUC, equivalente al dólar americano, es
    canjeado a 24 pesos por CUC, lo que quiere decir que los trabajadores
    cubanos perciben un salario promedio mensual de 20 dólares, el más bajo
    de América Latina, Haití incluido. A esto se agrega un elemento
    terrible: el 90% de los bienes o servicios que los cubanos aprecian sólo
    se pueden adquirir en CUC.

    Doble lenguaje

    La utilización del doble lenguaje está en la raíz misma de la
    Revolución. Eso quiere decir que la palabra justicia en una sociedad
    como la cubana quiere decir el derecho del “pueblo combatiente” a
    aplastar como si fuera una alimaña a cualquier compatriota que se atreva
    a criticar a la Revolución.

    Quiere decir recurrir a los eufemismos más descarados. La “libreta de
    racionamiento” pasará a llamarse “libreta de abastecimientos”. Los
    campesinos enfrentados al régimen serán denominados “bandidos”. Durante
    el prolongado periodo de falta de combustible que detuvo a los pocos
    tractores y obligó al Gobierno a volver a la carreta tirada por bueyes
    se calificó como “el regreso a las gloriosas tradiciones agrícolas”.

    Pero ese doble lenguaje a veces se convierte en mentiras puras y duras,
    como las que se vierten en las estadísticas oficiales para tratar de
    maquillar el desastre económico introducido por el castrismo.

    Fin de cualquier signo de “cordialidad cívica”

    El concepto de “cordialidad cívica” es consustancial a la democracia.
    Consiste en respetar a quien tiene ideas diferentes a las nuestras. En
    Cuba la noción de cordialidad cívica es tabú.

    En un régimen como el cubano no existe (ni puede existir) una oposición
    respetable. Y no la hay para poder negarle el derecho a utilizar
    cualquier tribuna o para evitar cualquier forma de negociación con la
    oposición. ¿Cómo tratar con personas tan singularmente malvadas? Ése es
    el propósito de desacreditarlas.

    Todos los disidentes son vendepatrias y gusanos al servicio del
    imperialismo yanqui. Cualquier grupo de personas que desee agruparse
    para defender una idea diferente a las que el gobierno preconiza
    oficialmente, inmediatamente es vilipendiado y ofendido.

    En Cuba, además, la ofensa personal es parte del primer círculo
    represivo. La mayor parte de las personas rehuye el enfrentamiento
    verbal, y mucho más si éste constituye el preludio a la agresión, como
    suele suceder antes de los actos de repudio, verdaderos pogromos
    organizados por la policía política contra los opositores.

    Colofón

    Reitero lo dicho. No puede haber la menor duda. La dictadura cubana
    encaja perfectamente en el molde del populismo de izquierda. Basta
    repasar esas diez categorías. Lo comunista no quita lo populista.

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    Nota de la Redacción: Este texto es parte del libro colectivo El
    Estallido del Populismo, que se presentó el pasado martes en la Casa de
    América, en Madrid. Los coautores son, entre otros, Álvaro Vargas Llosa,
    Yoani Sánchez, Mauricio Rojas, Roberto Ampuero y Cayetana Álvarez de Toledo.

    Source: Los diez rasgos populistas de la Revolución cubana –
    www.14ymedio.com/opinion/rasgos-populistas-Revolucion-cubana_0_2232976686.html

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